Los últimos románticos

Un centenar de radioaficionados persiste en activo en Salamanca transmitiendo su pasión al mundo por ondas electromagnéticas

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José Andreu Muñoz. Foto: ICAL
José Andreu Muñoz. Foto: ICAL

Suenan interferencias de forma ininterrumpida. Un fondo tan reconocible como molesto para el común de los mortales que, sin embargo, es apenas perceptible para quien vive ensimismado con el 'cacharreo'. Llega un “73” en código telegráfico. Hay comunicación. Es otra muesca en la solapa de uno de esos últimos románticos. Los radioaficionados ansían, con el ánimo de otro tiempo, el simple acto de entablar contacto. Ya sea con el punto más lejano del globo o con la calle contigua. Luego, “simplemente es charlar”. Porque no es el qué lo que importa, es el cómo. La aplicación de la técnica, la integración de los avances tecnológicos y un reto de superación individual como otro cualquiera. Bueno, con sus muchas particularidades.

“La primera vez estaba temblando porque no sabía lo que me iba a encontrar”. Al habla EA1AUR, Teo para los amigos, presidente de la Unión de Radioaficionados de Salamanca (Ursa), realmente llamado José Andreu Muñoz-Orea, un experto en telegrafía que estuvo alistado en la Sección de Sistemas de Información y Telecomunicaciones de la Marina. Hoy habla con orgullo de lo que antaño fue su misión y es ahora su afición. “Después de un segundo de bloqueo, empecé a manipular la llave telegráfica y, más o menos, salió bien”, cuenta a Ical sobre aquella primera comunicación que logró entablar hace ya varias décadas.  

Asegura que es ese instante iniciático, la clave para captar nuevos adeptos. “La primera vez que le contesten, cualquier chico joven quedará enganchado. Es la magia de lanzar una llamada y recibir una respuesta del otro lado del mundo”. Teo busca en el romanticismo, en la forma que adorna el rito, el modo de generar pasión entre los más jóvenes. La proliferación del uso de teléfonos móviles ha complicado sobremanera el relevo generacional. Debido, también en parte, a la comodidad de lo que él llama “comunicaciones fáciles” y que el resto de la humanidad efectúa de manera inconsciente.

Y es que no se trata de hacer una simple llamada telefónica. Para comunicarse por radio es necesario tener nociones de electricidad, controlar el manejo de equipos, adscribirse a una normativa específica y sacarse una licencia. Previa realización de examen, sí. Antes de recibir el permiso y el indicativo, como el que Teo luce, al igual que sus compañeros de directiva en Ursa, Nacho, conocido como EA1CXJ, el vicepresidente, Juan Carlos, que es tesorero y opera como EB1EGO, y Aníbal, EA1V al aparato, el secretario de la sección salmantina de URE.

Cambio y corto

La asociación tiene en la actualidad medio centenar de adscritos, aunque creen que en Salamanca habrá otros tantos operando por su cuenta. Unos cien en total. Ursa cuenta con una sede ubicada en un espacio municipal en plena plaza del barrio de La Vega. Están “muy agradecidos”. Allí ayudan a preparar el examen de la licencia y realizan distintas actividades y otro tipo de cursos, como el de telegrafía impartido por el propio Teo, tan relacionada con la radio. Actualmente, eso sí, la actividad ha viajado al universo virtual a causa de la pandemia, y además, según dicen, siguen pendientes del traslado de la antena desde su aneja ubicación anterior para poder transmitir desde allí.  

De cualquier forma, los viajes a otros universos son su especialidad, siempre que el estado de la propagación electromagnética lo permita. Incluida la Estación Espacial Internacional, hasta la que algún avezado radioaficionado ha logrado llegado con sus insistentes intentos de contactar. Un objetivo casi místico para cualquiera de ellos, que también se ha efectuado desde alguna escuela, donde la presencia de la asociación es también muy palpable a través de charlas y demostraciones en las que los chavales “se quedan encantados”.

El confinamiento de 2020 supuso un reverdecer para la radioafición en general. El tiempo en casa incrementó la actividad de los adeptos, hasta el punto que el Gobierno permitió temporalmente que los hijos de los titulares con licencias pudieran hacer uso de las radios de sus padres para comunicarse con otros niños. Había que entretenerse, aunque ya se sabe, “se puede hablar de todo menos de política, religión y sexo”, ironiza Teo. “Hablamos mucho de 'cacharros', proyectos, instalaciones y técnica”, dice sobre las temáticas más habituales a la hora de 'platicar' por radio.

Por otro lado, es común que los radioaficionados se dediquen a “activar” localidades. En su jerga esto define a aquellos lugares desde los que se ha realizado al menos una comunicación. “Uno se va con su coche, que tiene batería propia, coloca encima su antena y se pone a enviar comunicados. De esta manera, ese pueblo queda activado”, explica el presidente de Ursa. Y se registra en el libro de guardia para que haya constancia. En Salamanca, todos y cada uno de los municipios están activados. Incluso las islas del río Tormes tampoco son territorio 'virgen' para las ondas electromagnéticas. “Íbamos en grupos con la barbacoa a cuestas y pasábamos un día de campo”, rememora.

Conquistando el mundo

Fuera del ámbito local, las 340 zonas establecidas en el globo terráqueo, llamadas entidades, son un objetivo en sí mismas para cualquier radioaficionado que se precie. Según recuerda con orgullo la junta directiva de Ursa, un salmantino, el malogrado Javier Bermejo, anterior presidente, fue de los primeros en España en conseguir completarlas todas. Un logro similar al de conquistar 'ochomiles' por los alpinistas. Sin poder clavar su bandera, quien establece conexión con una nueva zona ha de solicitar una tarjeta en código Q que certifique que efectivamente el contacto se ha producido. Y ya puede tacharla en el mapa de su centro de operaciones.

Y más cuando se trata de zonas a las que es complicado llegar. La comunicación con los países desarrollados es relativamente asequible, sin embargo, existen áreas del planeta que suponen todo un reto. Sin ir más lejos, Corea del Norte, donde el régimen de Kim Jong-un prohíbe la radioafición. Pero también otros lugares poco poblados y más bien recónditos. Según explican, se han llegado a organizar expediciones a estas áreas para activarlas y reproducir comunicados.

Una afición, la de charlar por ondas electrómagneticas, que según el experto “no es demasiado cara”. Haciendo una cuenta a vuelapluma determina que una emisora de telegrafía se puede obtener por solo cuatro euros, aunque los equipos más potentes pueden alcanzar los 10.000. Un radioaficionado medio puede invertir unos 1.200 euros en su emisora. “Y con eso puede llegar donde sea”, recalca. La inversión global también se encarece porque, en contra de lo que se pueda pensar, los radioaficionados tienen un perfil técnico y adoran los avances tecnológicos. De hecho, tratan de integrar los nuevos 'cacharros' en su equipo para tener comunicaciones más nítidas o llegar más lejos.

Poca inversión, en cualquier caso, para convertirse en el último recurso en caso de catástrofe. Y es que los aficionados locales cobran una vital importancia cuando ocurre alguna desgracia. La independencia que les otorga su equipo de radio, con apenas una antena y una fuente de alimentación externa, es fundamental para entablar comunicaciones en caso de que las grandes infraestructuras queden destruidas. Se cuentan por decenas los casos. De hecho, a los radioaficionados les asiste la declaración de utilidad pública y son colaboradores oficiales de Cruz Roja y Protección Civil. Porque ya lo recuerda el dicho: 'Si todo falla, radioafición'.

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