Puerto Hurraco, un 26 de agosto de hace treinta años

Treinta años después, el recuerdo de aquel 26 de agosto de 1990 conduce de nuevo a Puerto Hurraco, la pequeña pedanía pacense que fue escenario de uno de los crímenes que perviven en la memoria colectiva de un país. Los hermanos Antonio y Emilio Izquierdo, escopeta en mano, asesinaron aquel día por las calles de su pueblo a un total de nueve personas, la mayor parte pertenecientes a la familia Cabanillas, sus rivales, causando heridas graves a otras doce

 Puerto hurraco
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Sin embargo, el origen de esta terrible historia comienza a finales de los años setenta, cuando una disputa por un problema de lindes generó un conflicto entre las familias Izquierdo —apodados los pataspelás— y Cabanillas, que se prolongó durante décadas. Amadeo Cabanillas traspasó con su arado los límites de sus tierras, invadiendo las de la familia Izquierdo. La enemistad siguió cuando Amadeo Cabanillas y Luciana Izquierdo mantuvieron una relación en la que él le propuso matrimonio, aunque después se retractó, lo que afectó muchísimo a la joven.

Los antecedentes

El 22 de enero de 1967, Jerónimo Izquierdo, el mayor de los hermanos Izquierdo, asesinó a Amadeo Cabanillas a base de puñaladas, aprovechándose de una nueva discusión a causa de los límites de sus respectivas tierras. Jerónimo ingresó en prisión, cumpliendo una condena que se prolongó durante quince años. Para entonces, en 1986, su madre ya había fallecido. En 1984 se produjo un misterioso incendio en su vivienda del que no pudo huir. La familia Izquierdo señaló a los Cabanillas como los únicos responsables, pero el caso nunca se esclareció.

Al parecer, el rumor que corría por las calles era que el autor del incendio era el hermano del fallecido Amadeo, Antonio Cabanillas, que quería vengarse por lo ocurrido a su hermano. Sin embargo, nunca se detuvo a ningún culpable.

El crimen

Aquel domingo, el séptimo día, Antonio y Emilio Izquierdo, de cincuenta y seis y cincuenta y dos años, indicaron a sus hermanas que se iban a cazar tórtolas. Vestidos de caza y en su Land Rover, se escondieron en un callejón del pueblo. Llevaban dos escopetas y más de trescientos cartuchos. Después abandonaron su escondite y comenzaron a disparar en la plaza principal de la pedanía, a todos los Cabanillas que veían, aunque posteriormente les dio lo mismo: persona que se encontraban, persona a la que disparaban a bocajarro con la escopeta, como si de una película del Far West se tratara.

Los hermanos Izquierdo dejaron nueve muertos, entre los que se encontraban dos niñas hermanas de la familia Cabanillas, Encarnación y Antonia (hijas de Antonio), de trece y catorce años respectivamente, que jugaban en la plaza y a las que los hermanos Izquierdo dispararon sin miramientos a corta distancia, y en torno a una docena de heridos de diversa gravedad. Algunos acabaron tetrapléjicos el resto de su vida. La tercera de las hermanas de Encarnación y Antonia, María del Carmen, se salvó por estar en casa de una de sus primas. Un niño de seis años, Guillermo Ojeda Sánchez, siendo alcanzado en el cráneo, quedó en coma. Durante una hora, los hermanos Izquierdo dejaron en el pueblo un terrible reguero de muertos.

La munición empleada era de postas, cartuchos con nueve gruesos perdigones de plomo. Tras su fuga, los Izquierdo incluso llegaron a disparar contra una unidad de la Guardia Civil que acudió de la casa cuartel de Monterrubio de la Serena, alertada por los vecinos. Los dos agentes del Instituto Armado resultaron gravemente heridos antes de poder dar el alto a los asesinos o tratar de defenderse con sus armas reglamentarias. 



La fuga

Los asesinos no fueron detenidos en el acto porque después del tiroteo huyeron al monte, que conocían perfectamente. Nueve horas después de la tragedia, los hermanos Izquierdo fueron finalmente arrestados gracias a un operativo policial en el que participaron casi 200 agentes. Tras el juicio, ambos fueron condenados a más de seiscientos años de cárcel. 

Una vez en la cárcel, el pueblo señaló a las dos hermanas de Antonio y Emilio, Ángela y Luciana, como principales inductoras de la matanza. Llegan a compararlas con el “mismísimo diablo”. Ellas negaron ser las instigadoras de la masacre, aunque afirmaron que los Cabanillas eran los responsables de su desdicha.

"El suceso se vivió en España con la extrañeza y el temor de quien se encuentra frente a páginas del pasado resucitadas con actores de carne y hueso. La década recién inaugurada quería significar el ine­luctable fin de aquella otra España de oscura conciencia, aislada del mundo y sobreviviendo dificultosamente de recursos escasos y entre penas y culpas que se colaban por los callejones históricos del pesi­mismo y de la tristeza. Eso había terminado. Estábamos en Europa y ya habíamos dado los primeros pasos hacia una modernidad con­sensuada por los propios y arropada por los extraños. Muchos vie­ron en Puerto Hurraco una fotografía antigua o el último latigazo de un mundo que se extinguía, pero muchos otros se enfrentaron, con una perplejidad interrogante, a un suceso real y presente que ponía en cuestión la idea actual de España, siempre vista a través del pris­ma urbano, cubierta por la sombra avanzada de la capital y de las capitales. Aquí se cifraba la incógnita: se trataba del pasado o se tra­taba de ignorancia del presente", escribió el periodista Alejandro Gándara, que cubrió en Puerto Hurraco el suceso.




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