A pesar de a que, justo al terminar el Campanazo, el cielo comenzó a descargar sobre Miróbriga, los farinatos ni sacaban los paraguas. Querían lucir sus disfraces y, sobre todo, exhibir unas enormes ganas de disfrutar en la calle después de meses y meses planeando, cosiendo, tejiendo, diseñando o, siemplemente, riendo al imaginarse vestido de ciertas guisas. Hoy era el día, y desde el principio de la tarde.

La mañana había amananecido soleada en Miróbriga y cabía la esperanza de que así se mantuviera en la hora central de los festejos. Sin embargo, y aunque eso no sucedió, vacas con gafas, toros tísicos, orangutanes con cresta, gallinas de dos metros comiendo pipas, superhéroes y superheroinas, pingüinos sudando, hienas enfurruñadas o hampones de metralleta floja tenían una cita en las calles, como cada año. 

Desde una hora antes del inicio del Campanazo, habían ido quedando junto al Árbol Gordo, disfrazado también este año de arbusto, que fue testigo del encuentro de peñas. Desde allí salieron en cortejo hacia la Plaza Mayor al ritmo de las charangas. Personas de todas las edades y condiciones compartían la ilusión de un día tan especial como es el inicio oficial de los festejos del Carnaval del Toro en Ciudad Rodrigo. 

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