Las semillas de Salamanca que duermen en la bóveda del fin del mundo de Svalbard
El rompesacos de Babilafuente, cártamo de Las casas del Conde, frejol de la Virgen de Cantapino o el guisante de Tamames son algunas de las variedades charras que España ha enviado al Ártico
Sobrevivir. Esa es la clave. Sobrevivir a un cataclismo, a una guerra, a fenómenos climáticos extremos, a la extinción de variedades vegetales… los motivos son variados, pero el objetivo es el mismo: garantizar que las semillas de diversas variedades de los cultivos no se pierdan en caso de catástrofe. Y para ello, nada mejor que tener una ‘copia de seguridad’ en un lugar alejado, en una especie de arca de Noé helada que protege el ADN de la flora del mundo y que está ubicado en la isla de Spitsbergen, en el archipiélago noruego de Svalbard.
Se trata del Banco Mundial de Semillas, más conocido como la bóveda del fin del mundo, que protege más de un millón de muestras de semillas enviadas por los países del mundo para protegerlas y garantizar que siempre estarán disponibles. Un banco que permite que los países tengan una especie de ‘copia de seguridad’ de su riqueza vegetal, ya que estas semillas también se custodian en numerosos bancos de germoplasma del mundo.
Entre esos países que han enviado su ADN verde está España que guarda en Svalbard más de un millar de semillas con variedades de trigo, legumbres, tomates y maíces procedentes del Centro de Recursos Fitogenéticos, el INIA-CSIC. De hecho, hace pocos días este listado se ha incrementado con el envío de 50 variedades de olivo.
¿Hay semillas salmantinas en la famosa bóveda del fin del mundo?
La respuesta es sí, según confirma Isaura Martín Martínez, investigadora del INIA-CSIC. Fue en 2022 cuando España hizo su primer envío a Svalbard. 1.080 variedades españolas entre las que se encontraban 25 procedentes de la provincia de Salamanca. El listado de semillas enviadas es de lo más variado tanto en plantas como en procedencia con representación de todas las comarcas salmantinas.
La representación salmantina está encabezada por dos lotes de ‘rompesacos’ (Aegilops triuncialis), pariente silvestre del trigo conocido como trigo bastardo, procedentes de Babilafuente y Pedrosillo el Ralo. El trigo está representado además con semillas de trigo rubión (Triticum turgidum) procedentes de Villares de la Reina.
De Barceo, Aldeanueva de la Sierra y Las Casas del Conde se enviaron tres lotes de cártamo o falso azafrán (Carthamus tinctorius); tres lotes de altramuz azul silvestre (Lupinus angustifolius) procedentes de Peralejos de Abajo, Bañobarez y San Felices de los Gallegos y guisantes (Pisum sativum) de Tamames.
En cuanto a las judías se enviaron a Svalbard tres variedades, una de judía plancheta de Ciudad Rodrigo, un frejol de Valdelacasa y el frejol de la virgen de Cantalpino (Phaseolus vulgaris) localidad que suma una semilla más, la del tomate moruno (Solanum lycopersicum) Salamanca capital ha aportado la judía carilla, (Vigna unguiculata) también conocida como chíchere.
La algarroba (Vicia articulata) se enviaron cinco lotes con semillas procedentes de Gallegos de Solmirón, Chagarcía Medianero, La Fregeneda, La Mata de Ledesma y Horcajo de Montemayor. Todas ellas son variedades tradicionales destinadas a la alimentación animal.
Por su parte, Ciudad Rodrigo ha aportado, además de la judía plancheta, otros dos lotes, uno de yero (Vicia ervilia) para alimentación animal y una variante del maíz del país (Zea mays). Este último cultivo también ha sido enviado desde Serradilla del Arroyo y desde La Bastida.
Garantizar la seguridad alimentaria y proteger la diversidad
Para Javier Sánchez, investigador Ramón y Cajal de la USAL y encargado del banco de Germoplasma del CIALE, es fundamental proteger las variedades de cultivos que han caído en desuso. “Durante la revolución verde del siglo pasado, la agricultura priorizó producir la mayor cantidad posible en el menor tiempo. En esa carrera por el rendimiento, muchas variedades modernas perdieron por el camino genes de enorme valor agrícola: escudos naturales contra la sequía y las enfermedades que sus antepasados sí poseían”. Esta pérdida ha hecho que en la actualidad estos genes permanezcan “en pausa en los parientes silvestres de los cultivos y variedades tradicionales”.
Javier insiste en que recuperar este legado genético “no es solo una curiosidad científica, sino una prioridad estratégica global”. Esto hace que lugares como la bóveda del fin del mundo se hayan convertido en una herramienta fundamental “para garantizar la seguridad alimentaria en un entorno climático cada vez más incierto”. Este investigador de la Universidad de Salamanca pone como ejemplo el trigo rubión, que se encuentra depositado en Svalbard y que también forma parte "de una vasta colección de trigos duros españoles tradicionales conservada en el Centro Nacional de Recursos Fitogenéticos (CRF) y en el Banco de Germoplasma de la USAL”.
Una variedad tradicional de trigo que, junto a otras, se está poniendo en valor gracias a proyectos de investigación como el que el propio Sánchez está llevando a cabo en la USAL. Se trata del proyecto TANGO, PID2022-142651OA-I00, “Asociación bidireccional del genoma completo del patosistema trigo-oídio para resistencia duradera a enfermedades”, con el que este investigador salmantino buscad identificar genes ausentes en los trigos modernos que ofrezcan una resistencia duradera a enfermedades fúngicas.
"Caracterizar variedades como el trigo Rubion nos permite encontrar soluciones naturales a las enfermedades de nuestros cultivos, reduciendo la dependencia de químicos y promoviendo una agricultura más sostenible en línea con el Pacto Verde Europeo", explica Sánchez.
“Si hay una catástrofe, algo como un ataque nuclear, un meteorito… almacenar semillas en el banco de Svalbard permitiría que la humanidad pueda sobrevivir, que tenga alimentos”, asegura la científica del IRNASA-CSIC, Carmen Escudero que destaca la importancia de la localización de la cúpula del fin del mundo. “Es importante que la copia de las semillas esté en un sitio remoto y aislado, con temperaturas muy bajas para que se conserven más tiempo y no pueda haber ataques de insectos”, asegura y añade que guardar diversidad genética es fundamental, ya que “lo hemos visto muchas veces en la historia, por ejemplo, ocurrió con la filoxera que barrió todas las viñas de Europa y hubo que importar una raíz americana que fuera resistente”.
Proteger la diversidad genética es fundamental porque “hay alimentos de los que existen muchas variedades, y también de los primos que los originaron y que, en muchos casos, se pueden cruzar para buscar semillas que se adapten al clima del futuro”, afirma Escudero que concluye asegurando que “nunca sabemos cuando vamos a necesitar una función que viene dada por la diversidad genética”.
¿Qué semillas españolas se guardan en Svalbard?
España ha realizado dos envíos, uno en el año 2022 en el que se enviaron las primeras 14 cajas con 1.080 variedades españolas por parte del INIA-CSIC. De ellas, 300 son cereales de invierno, 114 de las cuales corresponden a trigos, otras 510 son leguminosas, con 189 son judías; 200 variedades son hortícolas, 81 de ellas tomates y además se enviaron 108 variedades de maíces. El pasado 27 de febrero se envió una caja más con 50 variedades de olivo. El proceso de entrega se puede ver en este vídeo.
Pero estas no son las únicas semillas españolas, ya que otros institutos de otros países también han incluido en sus lotes variedades de España. En la base de datos de la bóveda del fin del mundo se recogen 10.085 referencias, muchas de ellas enviadas desde Australia a través del Australian Grains Genebank y del Australian Pastures Genebank; Alemania a través del Leibniz Institute of Plant Genetics and Crop Plant Research; del National Plant Germplasm System de Estados Unidos o del Centro Internacional de Agricultura Tropical de Colombia, entre muchos otros depositarios.
¿Qué es la bóveda del fin del mundo?
El Banco Mundial de Semillas de Svalbard es una instalación situada a 130 metros bajo tierra que aprovecha el permafrost del Ártico para mantener temperaturas frías. Asilado, este centro ofrece almacenamiento gratuito a largo plazo de duplicados de semillas de bancos de genes e instituciones internacionales, nacionales y regionales.
Almacena 1,3 millones de semillas de más de 89 depositarios de todo el mundo en un proyecto fundado por Noruega que se gestiona en colaboración con el banco de genes regional NordGen y Crop Trust, una organización internacional independiente. Su objetivo es conservar los recursos fitogenéticos con vistas a poder hacer frente en caso de necesidad a los desafíos planteados por el cambio climático y otras posibles amenazas globales.
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