La extensa y variada imaginería cristiana se asocia intrínsecamente con el lugar que la custodia. Cristos y vírgenes se reparten por doquier, todas ellas con un origen muy concreto, pero que en ocasiones toma la raíz de un antecedente común. Con frecuencia el relato del hallazgo de una talla es similar en diferentes pueblos, introduciendo cada sociedad las singulares características de su zona. Así ocurre con vírgenes encontradas en el interior de un árbol, o cristos transportados por bueyes que se detenían en seco y allí se construía su ermita, pero también hay lugares donde varias leyendas se entrelazan, llegándose a un punto en que, como reza el dicho popular, se desconoce qué fue antes, si el huevo o la gallina. Anteriormente en esta serie dominical vimos la leyenda de la Fuente Santa de Pereña, surgida para dar de beber a un pastor por la intercesión de la Virgen del Castillo, protagonista este domingo de su propia historia.

Cuenta la leyenda que en el siglo XVI, con los primeros calores estivales aún en la época de las flores, un pastor se dirigía hacia la cima del denominado Berrocal cuando la fatiga le hizo flaquear. Aún era mediodía y el sol arreciaba con fuerza sobre el culmen del firmamento. Carecía de agua, pues había dado buena cuenta del líquido elemento durante la ascensión. Así que, extenuado, fue envuelto por las garras de Morfeo y el zagal se desplomó sobre la tierra.

Durante la forzosa siesta soñó con la existencia de un antiguo castillo en el mismo lugar en que él se encontraba. Y en el interior de la fortaleza, la imagen de una virgen que fuera escondida para evitar que cayera en manos de los musulmanes. Al lado del castillo había un generoso manantial que bañaba las rocas. Fue el arrullo del agua el que precisamente le devolvió a la realidad. El sueño le había hecho recordar la existencia de un arroyo denominado la Fuente Santa, donde a un compañero se le apareciera la Virgen para darle de beber. Él también se encontraba sediendo. Alzó la vista, burló al cercano horizonte y encontró la fuente natural. ¿Cómo podía no haberlo percibido antes? El pastor se maldijo por flaquear, pero comenzó a recordar más detalles del momento de somnolencia.

El joven refrescó también su mente y las gotas de la memoria empaparon el cerebro. Había visto allí un castillo, pero también una virgen escondida. Con fuerzas renovadas, comenzó a excavar la tierra en busca de restos de la fortaleza, con infructuoso resultado. Sus manos arrancaban la tierra cual dentelladas. Pero nada. Ni rastro del castillo. Por eso decidió avisar a sus vecinos para entre todos limar el monte en busca de la antigua fortaleza. Los trabajos de excavación se prolongaron en el tiempo, pero finalmente propiciaron la aparición del cubo central del castillo y, posteriormente, una imagen de la Virgen que medía tres cuartos y tres dedos de alta, policromada tallada en piedra, con el Niño Jesús en brazos.

En su honor, decidieron levantar allí una ermita donde la talla fuera venerada, de ahí la denominación de Virgen del Castillo. El fervor se transmitió como la pólvora entre los habitantes de la comarca. Cada año eran cientos quienes pasaban por la ermita para pedir algo a la Virgen. Por eso se decidió colocar la imagen sobre una roca blanca, por aquello de la pulcritud, para así también facilitar el tránsito de fieles, que no se entretuvieran sobando a la talla. Pero, ironías del destino, la piedra que sirvió de peana se rompió un 14 de mayo de 1721, apareciendo una tablilla en piedra que representa a la conocida como Virgen Chica, por lo que el fervor, y por tanto las visitas, se duplicaron. En recuerdo de esta fecha, cada 14 de mayo se celebra una romería en Pereña, una jornada típicamente campera a la que también acuden vecinos de pueblos aledaños.

Leyenda de la fuente santa de Pereña

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