La imaginería popular ha convertido a Salamanca en un hervidero de fervor. Por doquier rezuman las historias de tallas milagrosas que un día aparecieron de la nada y hoy día son epicentro de la devoción de miles de personas que reclaman ayuda celestial cuando la acción terrenal nada más puede hacer. Cada pueblo tiene una Virgen y un Cristo que, a su vez, llevan aparejado consigo un relato fantástico sobre su origen. Estas historias son transmitidas de generación en generación, aunque el célere devenir del progreso y la despoblación de las zonas rurales están relegando casi al olvido el folclore popular que hasta ahora había sobrevivido por vía oral a cualquier intromisión del destino. La madre de Jesús de Nazaret protagoniza un seguimiento sin parangón en la provincia charra y raro es encontrarse un municipio sin una talla capaz de asombrar a propios y extraños. Es el caso de la Virgen de los Remedios, en Buenamadre.

Cuenta la leyenda que estaba en una ocasión un mayoral cuidando de los toros de una prestigiosa ganadería en el Campo Charro. Sus atenciones le habían conferido una merecedora fama, criando a los animales que más juego ofrecían en el coso taurino para deleite de los aficionados. Cada día los mimaba con mucha atención, evitando cualquier imprevisto que pudiera dar al traste con la futura lidia. Sin embargo, una mañana de primavera uno de los astados se alejó de la manada. El mayoral, extrañado, lo siguió.

El animal se detuvo junto a unas rocas y comenzó a escarbar con el hocico. Al principio con timidez, pero según fueron transcurriendo los minutos mayor era el empeño y fiereza del toro hacia el terreno. El mayoral, temeroso de que el astado pudiera dañarse los pitones, se tornó prestó a retirarlo del lugar. Lo agarró del rabo, le arrojó varias piedras a las patas e incluso intentó llamar su atención con un capote. Pero nada. Imposible. El toro continuaba empecinado escarbando entre las rocas.

Tal era la insistencia del toro, que el mayoral se acercó a ver qué era lo que con tanto ahínco escarbaba. Según avanzaba percibía algo de color azul. ¿Qué podría ser? Y la duda se despejó al comprobar cómo entre la tierra asomaba la corona y la cabeza de la imagen de una Virgen. Ayudó al animal y consiguió dejar al descubierto la talla por completo. La tomó en brazos, la envolvió en un paño y decidió regresar al pueblo para mostrar la Virgen a sus vecinos. El animal regresó con la manada y el mayoral cabalgó hasta Buenamadre. 

Las autoridades interpretaron el hallazgo como un augurio de buena suerte y designio divino, por lo que decidieron construir una ermita en honor de la Virgen de los Remedios en el lugar donde fue encontrada. Y en homenaje al toro que lo propició, al concluir la Semana Santa se realizaba un festejo taurino en una primitiva plaza de piedra que también se levantó en los alrededores del templo. Con el paso de los siglos la imagen fue ganando en devoción y seguidores debido a las acciones milagrosas que propiciaba. Así, cada Lunes de Aguas tiene lugar una multitudinaria romería. Para proteger la talla románica, que permanece todo el año en la ermita, ese día sale en procesión otra imagen más moderna, mientras la tradición popular recuerda a la imagen original:

Madre buena, buena Madre,

queremos hoy cantar,
tu nombre bendecimos,
remedia nuestro mal.
Entre encinas seculares
María sus pies plantó,
Y el pueblo Buenamadre
una ermita levantó.
En demanda de favores                                                 
los pueblos de alrededor
acudieron fervorosos
a implorar su bendición.
Hasta tu ermita he venido
a dejar mi corazón,
aquí te dejo mis penas,
no desoigas mi oración.
Bendita sea la hora
en que María llegó,
al lugar de Buenamadre
a darnos su bendición.
Hoy no cesan tus devotos,
peregrinos de tu amor,
de llegar hasta tu ermita
implorando tu perdón.
 

Tienes que iniciar sesión para ver los comentarios

Destacados
Lo más leído