Dos días seguidos de marzo, dos desapariciones sin resolver en Salamanca
Las desapariciones de Felipe Herrero el 24 marzo de 2006 y de Manuel Moro el 25 de marzo en 2017 siguen sin haberse esclarecido pese el paso del tiempo
Dos días que, pese al silencio y la aparente pasividad con la que transcurren desde hace años, permanecen marcados en negro en el calendario.
El 24 y el 25 de marzo, en años distintos, desaparecieron dos hombres en Salamanca.
Este martes, se cumplen 20 años de la desaparición de Felipe Herrero Merino en el municipio de Martiago, cercano a Ciudad Rodrigo. Tenía 76 años cuando se le perdió el rastro. Según consta en documentación oficial posterior, salió de su domicilio y no volvió a saberse nada de él. En los días siguientes se organizaron búsquedas en la zona, con participación de vecinos y de los recursos disponibles, pero no se obtuvo ningún resultado. No aparecieron pertenencias ni indicios que permitieran reconstruir lo ocurrido.
Con el paso del tiempo, y ante la falta absoluta de noticias, el caso derivó en un procedimiento judicial. En 2011 se inició el expediente para su declaración de fallecimiento, una resolución legal que permite cerrar situaciones administrativas, pero que no aporta ninguna explicación sobre lo sucedido.
Once años y un día después, se pierde el rastro de Manuel Moro
Once años y un día después, el 25 de marzo de 2017, se produjo otra desaparición: la de Manuel Crisantos Moro Martín, de 53 años. Su coche fue hallado en la zona de Domingo Rey, una pedanía del municipio de Agallas.
Tal y como se pudo saber entonces, Manuel había salido a realizar una ruta de senderismo y dejó su vehículo estacionado en las inmediaciones de Vegas de Domingo Rey.
La climatología de aquel día era adversa: granizo, lluvia y nieve acumulada de días anteriores.
No regresó a la hora prevista y la presencia de su coche, aparcado durante días, motivó la interposición de una denuncia en el cuartel de la Guardia Civil de Ciudad Rodrigo. La primera batida de búsqueda no se desplegó hasta el 8 de abril y, a partir de ese momento, en varios operativos se rastrearon caminos y áreas de monte, pero nunca llegó a encontrarse ningún rastro concluyente.
El misterio se acrecienta al comprobar que no se hallaron objetos personales de Manuel que pudieran aportar algún indicio sobre su paradero. Tampoco se encontraron señales de accidente. En cuanto a posibles testigos, los agentes solo recabaron el testimonio de un pastor que pudo cruzarse con él. Se cree que se dirigía hacia una zona conocida como La Canchera y, aunque llevaba el teléfono móvil, no había cobertura.
El día en que se perdió su pista dejó abiertas las puertas de la casa que él mismo estaba construyendo. Para la familia, ese detalle refuerza la idea de que su desaparición no fue voluntaria.
Se trata de un territorio en el que la visibilidad puede ser limitada y donde determinadas áreas resultan difíciles de rastrear de forma exhaustiva. En este contexto, no puede descartarse la posibilidad de que una persona sufra un accidente sin ser localizada, aunque tampoco ha podido demostrarse por la falta de indicios.
Más allá de las diferencias de edad, circunstancias o repercusión mediática, Felipe Herrero y Manuel Moro comparten un mismo desenlace: la ausencia de certezas. En el primer caso, la desaparición buscó quedar resuelta en el ámbito legal, pero no en el factual. En el segundo, la investigación sigue formalmente abierta, aunque sin resultados conocidos. En ambos, la falta de pruebas ha impedido construir una explicación sólida de lo que pudo ocurrirles.
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