Una vida en la solapa

Una vida en la solapa

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El arte de coleccionar, sea lo que sea, se podría definir como la consecución de muescas en el uniforme de batalla, condecoraciones de vida. El trazado de una trayectoria que se niega a desdibujarse con el tiempo. Un álbum de recuerdos que alguien puede consultar sin ser avasallado por algo tan grotesco y explícito como una imagen, tan llena de detalles que no permite evocar las sensaciones más internas. Recuerdos asociados a un objeto que adquiere una dimensión que excede con mucho a su coste. Y así en la mayoría de los casos.

Laura colecciona chapas. Tiene unas cuantas. “Ya iba con ellas al instituto”, recuerda. La de insignias es una colección versátil, puede ser un elemento decorativo y complemento de moda, pero también puede ser una expresión de gustos culturales, incluso una reivindicación. Así, Laura luce con orgullo las chapas que mejor ‘le suenan’. “Tengo algunas de Bob Marley, Tupac Shakur y Missy Elliott. Uno de mis grupos favoritos es Nirvana, por eso me encanta esta de Kurt Cobein”.

Música reivindicativa, repleta de contenido. Y no es poco el que cabe en una chapa. Eslóganes con ‘punch’ para ir por ahí contando algo. La silueta de Ernesto ‘Ché’ Guevara o la bandera arcoíris dicen por sí solas. Otras dicen menos pero divierten. “Muchas son de ‘chorra’ y me hacen mucha gracia. Algunas son de los dibujos que veía de pequeña, y no tanto. Me gustaba mucho Puka y Las Supernenas, pero sobre todo la Pantera Rosa”.

La colección de Laura anda por las 150 chapas, al menos esas son las que enseña. “Tengo algunas más, pero estas son las más bonitas”. Tiendas de segunda mano, puestos callejeros y trabajos manuales. Las chapas de Laura tienen todo tipo de procedencias. “Algunas las he comprado yo y otras me las ha regalado la gente después de enterarse de que las coleccionaba”.

Segunda utilidad

Es una gran virtud encontrar utilidad a los cosas. Huir de acumularlas sólo porque son bonitas. Las chapas parece que no pueden tener más uso que el de lucirlas, tal vez sirvan para taponar el lavabo, la bañera o una botella de leche semidesnatada sin lactosa de litro y medio. Pero lo cierto es que suelen ir abrochadas con un imperdible y ahí es donde Laura encuentra su aplicación práctica. “Antes cuando se llevaban los pantalones de campana, me solían quedar muy largos. Así que les daba la vuelta por dentro y me cogía el bajo con las chapas. Por eso algunas están rotas, así como dobladas. A veces las perdía, por eso las que más me solía poner ahí eran las que tenía repetidas”.

“Esta con forma de nube está hecha a mano, la compré en el Centro Comercial El Tormes en una campaña benéfica a favor de unos niños”. Recuerdos del ‘cole’, de viajes o eventos, incluso de los lugares donde Laura ha trabajado. “Una de mis preferidas es esta de Londres. Fue un viaje muy significativo para mí y no sólo porque me gustó mucho la ciudad. Lo curioso es que la chapa no es de ese viaje, me la trajo una amiga que fue después y sabía el buen recuerdo de allí que tenía”.

Las chapas se pueden almacenar el cajas, exponer en un corcho y seguro que hay quien las deja puestas en la prenda de turno, la dobla y la mete en el armario. Laura se acuerda de cómo le gustaba guardarlas a ella. “De pequeña tenía un paraguas que estaba repleto de chapas. Plagado. Me lo regalaron cuando iba al colegio y allí las iba poniendo. Había como cien. Sólo conservo cuatro o cinco de aquellas porque empecé a regalárselas a mis amigas. Era muy gracioso el efecto que hacía cuando lo abrías frente a un foco. La luz pasaba por los huecos de las chapas y ‘molaba’ mucho”.

Pero toda colección se caracteriza por estar siempre incompleta. La gran ausente. Laura explica con pena la anécdota de “la que ya no encuentro”. Una historia casi de producción propia. “Conocí una chica que vendía cosas hechas a mano. Ya le había comprado un bolsito en su puesto callejero cerca de la Plaza Mayor. También hacía chapas, así que un día le pedí que me hiciera una utilizando el ‘flyer’ de una fiesta que habían organizado unos amigos. Hizo para todos nosotros e íbamos súper orgullosos con ellas puestas”. Poderosa herramienta de mercadotecnia. No cabe duda.

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