La encina de San Silvestre

La encina de San Silvestre

La etimología de los pueblos de España abarca mucho más allá de unas simples letras. Su nombre esconde en ocasiones un singular origen que se ha ido transmitiendo de forma oral de generación en generación, forjando en ocasiones peculiares fantasías. Sin embargo, el fantasma de la despoblación enarbola sus cadenas para amenazar la pervivencia de unos relatos contados antaño a la luz de una nocturna lumbre y hoy día difundidos de vez en cuando. La pérdida de jóvenes en nuestros pueblos está dejando sin herencia folclórica a municipios con una riqueza oral directamente proporcional a la belleza de sus paisajes. Campos y piedras que fueron testigos de historias que luchan por sobrevivir a las garras del olvido. Es el caso de Encina de San Silvestre.

Cuenta la leyenda que había una vez una mujer que enfermó de lepra. Las llagas en la piel fueron acrecentándose al mismo ritmo que sus convecinos la repudiaban. De nada le había servido la buena reputación acumulada durante su vida. De la noche a la mañana apenas se quedó con la compañía de escasos familiares, pues otros muchos evitaron visitarle para darle apoyo e intentar curarla.

Una prima acudía cada día para limpiarle las heridas y llevarle comida. Como cada mañana, la joven acudía a una vaqueriza en busca de fresca leche y sabroso queso guardado a buen recaudo para no sucumbir al frío del invierno. Al regresar, se cruzó con un misterioso ermitaño apostado bajo una gran encina. Al pasar por su lado, él le pidió algo de comida con que poder llenar el estómago tras un largo viaje. La joven no dudó en ofrecerle un trozo de queso y un trago de leche mientras le relataba a aquel extraño la mala suerte de su prima. Era una forma también de desahogarse después de tanto tiempo a su servicio y cuidado de manera altruista. Entonces el hombre, apiadándose de ella, le agradeció la comida recibida y se ofreció a acompañarla hasta casa de la enferma para hacerle compañía.

Al llegar sobre el lecho de la leprosa, el misterioso ermitaño la tomó del brazo, lo acarició con la palma de la mano y lo besó. Tanto la enferma como su prima quedaron boquiabiertas. Era la primera vez que alguien osaba tocar las heridas. Y sorprendida por la actitud del forastero permanecieron mientras salía de la casa y le deseaba a la postrada una pronta recuperación. Comentando lo acontecido pasaron el resto del día las mujeres.

A la mañana siguiente comenzó el ritual de cada día. Sin embargo, al quitar la prima las vendas de la enferma casi estuvo a punto de caerse para atrás de la silla. ¿Cómo era posible? ¡No había rastro de la lepra! Y entonces comprendió que se trataba del brazo que el misterioso hombre besara el día antes. Retiró el resto del vendaje y comprobó que no quedaban llegas ni marcas. ¡Era un milagro! La joven salió despavorida para difundir la noticia entre los vecinos. En el pueblo consideraron que se trataba de San Silvestre, pues era el último día del año, recordando cómo en su día también sanó al emperador romano de la lepra. Por eso, en recuerdo del milagro y de la encina donde fue encontrado el hombre, se dice que a este pueblo se le denomina Encina de San Silvestre.

 

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