Anomalías en un hospital

Anomalías en un hospital
En una amplia conversación con T.A., antigua enfermera de este centro clínico, pudimos charlar sobre los supuestos fenómenos que ocurrían y continúan ocurriendo en sus instalaciones, y especialmente en una de sus plantas. Un curioso perro, una monja, y el tercero de los ingredientes, un niño

Habitaciones a la izquierda, habitaciones a la derecha, puertas entreabiertas, sonidos que no sabes muy bien de que planta vienen. Al fondo se ilumina una habitación a las 3.30 a.m. Esa habitación no tiene paciente. La enfermera de turno no sabe bien si acercarse o simplemente ignorar lo que ocurre, pero su obligación es acercarse… ¿Quién está ahí? No diremos el nombre del hospital por preservar el anonimato de pacientes y trabajadores.

En una amplia conversación con T.A., antigua enfermera de este centro clínico, pudimos charlar sobre los supuestos fenómenos que ocurrían y continúan ocurriendo en sus instalaciones, y especialmente en una de sus plantas.

Un curioso perro, una monja, y el tercero de los ingredientes, un niño.

- Vamos a comenzar hablando del perro. ¿Qué tiene que ver el perro en este hospital?

- En realidad es una perra. Es la perra del vigilante de seguridad que está por fuera. Hay dos, un perro más grande y la perrita pequeña. Pertenece ya al entorno del edificio, pero está fuera del mismo.

- ¿Cuál era su misión en la vida?

- La verdad es que tenía muy buen olfato. No fallaba. Cuando la perra aullaba, moría alguien. Dependiendo de la zona del edificio por la que aullaba, ya sabías si era en una planta o era en otra, y te hacía estar un poco más alerta. Lloraba de forma muy aguda. Lo hacía de forma puntual. También hay que decir que en este centro, la mayoría de las personas que están ingresadas, tienen ochenta y pico años, ya muy mayores, y el índice de mortalidad es alto.

- ¿Pero tampoco moriría gente a diario allí, o por lo menos no siempre que aullaba el perro se moría alguien?

- El tiempo que estuve trabajando allí, la perra aullaba y ya sabíamos lo que pasaba. Nos ponía en alerta.

- Entre que aullaba la perrita, y moría la persona, ¿podían pasar días?

- Hablo de los casos que viví. Yo podía entrar en mi turno a las 10 y la perra aullando toda la noche. Por la mañana como muy tarde, esa persona ya se había ido.

- ¿Se conocía la historia de la perra entre los pacientes?

- Aunque suene un poco duro, entre una treintena de pacientes, tan solo había dos o tres con capacidad para hablar o tener una conversación coherente. Entonces no podemos saber. Pero entre los empleados sí se conocía. Al final casi se lo agradecíamos, porque aquellos aullidos lastimeros te daban indicaciones.

- ¿Hablamos de “la monja”?

- De todas las historias vividas ahí, es la que más me suena a leyenda urbana. Cuenta la historia, que era una monja que vivía allí cuando se estaba construyendo el edificio, y supuestamente murió quemada en la cocina. Supuestamente pasea por las plantas del hospital, pero no se dice que haga nada en concreto. Hay muy pocas descripciones detalladas.

- ¿Y lo del niño?

- Estamos hablando de una habitación con tres pacientes. En el momento de estar aseándolas, se quedan mirando a un punto fijo y dicen: “cuidado que el niño se cae”. Las ves angustiadas, llegando incluso a pronunciar unas pocas palabras abuelitas que no hablan en todo el día. Lo llamativo es que se ha dado con todas las pacientes de una habitación al mismo tiempo y en momentos distintos.

- Cuéntame lo del señor del gorro.

- El señor del sombrero. Todo en la misma planta. Estaba una noche con mi compañera en el control. La habitación donde sucedió el hecho, era justo la que estaba enfrente. Justo esa noche teníamos a un señor que estaba ingresado por una fractura de brazo. Además era bastante joven para la planta en la que estábamos. Era su primera noche y estaba consciente. No tenía analgésicos fuertes. El señor vino a media noche al control y nos preguntó que si habíamos visto un señor con un sombrero, porque había llegado y le había despertado preguntándole qué hacía en su cama. Al cerrar los ojos y volver a abrirlos, no lo vio. Pensó que el hombre estaba desorientado y nos lo vino a contar.

- ¿Esa imagen se repitió?

- Al mismo hombre le volvió a ocurrir otra noche, pero en esa ocasión el señor del sombrero se presentó más agresivo. Otra noche vimos pasar la sombra de un hombre, que nos llamó la atención por lo alto que era. La proyección de la sombra era alta. Por la silueta, pensamos que era uno de los pacientes. Fuimos a la habitación y el señor se había muerto. 

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