Anomalías fotográficas: ¿realidad o fraude?

Anomalías fotográficas: ¿realidad o fraude?

La descripción de la escena podría ser la siguiente: “Estábamos los dos allí, junto a la valla que bordea el parque Santa Eulalia. La tarde estaba apetecible, con una ligera brisa y buena temperatura, así es que íbamos con manga corta y todavía las gafas de sol puestas. Le dije a Milagros que quería hacerle una foto junto a la pequeña estatua del ángel y el niño que hay en la entrada norte, y se colocó junto a ella con las gafas en la cabeza y su jersey amarillo sobre los hombros. ¡Estaba realmente guapa! Mi sorpresa fue cuando al sacarle la fotografía miré la pantalla de mi cámara y vi como junto a ella aparecía esto, ¡es un hombre flaco y muy alto!, ¿es que no lo ves clarito?...”.

Y ahí comenzaría toda una bola de nieve que se echa a rodar y rodar, pasando por diferentes estadios de credibilidad, escepticismo, burlas, comentarios jocosos y algún que otro argumento barroco, porque cuando nos ponen delante de nuestros ojos una fotografía que muestra una anomalía –sea cual sea su origen-, automáticamente nos convertimos en una especie de CSI de la imagen, en auténticos analistas del pixel, por muy suelto que éste se presente ante nosotros. ¿Damos un poco de orden en este asunto?, voy a intentarlo.

A mediados del siglo XIX aparecen los primeros brotes de la futura fotografía. Los daguerrotipos _nombre proveniente de su inventor, Louis Daguerre_ fueron las primeras cámaras para retratar, dejando a un lado los pinceles como herramienta básica para ello. Los tiempos de exposición de aquellos primigenios injertos fotográficos eran tan largos, que los modelos sufrían auténticas torturas para conseguir que no movieran ni una sola pestaña mientras la luz accediera al interior de la caja oscura, teniendo que estar con la cabeza inmovilizada con técnicas irreproducibles aquí, durante muchos minutos. A causa de la escasa calidad de aquellas placas, pocos son los ejemplos que podemos ver con nuestros propios ojos hoy en día.

Aún así, hay constancia de que en esas primitivas fotografías se recogieron algunas anomalías, algunos detalles llamativos que en principio no deberían aparecer en la escena. Evidentemente, lo que a principios del siglo XX podía ser la aureola de un espectro o entidad similar a ojos del sorprendido y crédulo, hoy en día podría ser explicado como un fallo en la emulsión o intrusión de alguna fuente lumínica. Y es que el avance tecnológico va unido al avance del espíritu analítico y crítico de la sociedad, al menos de gran parte de ella.

El fraude en la fotografía no es cosa exclusiva del pasado, de sus orígenes, sino que muy al contrario, con la llegada de los ordenadores personales y el acceso a los programas informáticos de edición, tenemos a un “creativo” potencial en cada casa. Pero debemos ser justos y decir que la manipulación o mala interpretación de una fotografía no está circunscrita exclusivamente en el ámbito de los investigadores de enigmas y misterios, sino que atrapa a todos los campos imaginables; política, ciencia, cultura, deporte, cine… Sirva como ejemplo la cantidad de fotografías que circulan por la Red en las que supuestamente se ven escenas obtenidas durante el alunizaje del hombre a su llegada a la Luna el 16 de julio de 1969.

Me refiero a una serie de imágenes en las que se pueden “descubrir” anomalías tales como marcas y letras surcadas en algunas rocas, discutible posición de las sombras respecto a los objetos, huellas justo debajo del módulo lunar una vez alunizó (no hay espacio para que pase un hombre bajo él), extraños reflejos lumínicos donde debería haber sombras, y así, un importante etcétera que cuando menos, deja cabida a la duda. De cualquier modo no seré yo quien dude del hecho histórico en sí, porque a estas alturas está claro que el hombre si pisó nuestro satélite blanco, aunque otra cuestión bien diferente sería averiguar si estas fotografías fueron obtenidas in situ, si formaban parte de un hipotético plan B, o simplemente fue una invención de los amigos de la conspiración para desprestigiar la hazaña de julio del 69.

Pero demos un paso más allá y entremos en el terreno de lo extraño o paranormal. Uno de los grandes tópicos, común en todas las religiones, es la creencia en los espíritus, en la posibilidad de que éstos vaguen de forma errante entre nosotros con apariencia más o menos humana. Estos espectros y fantasmas, y siempre sujeto bajo la creencia trascendental o espírita, en ocasiones se cuelan en las capturas fotográficas y dejan la impronta de su supuesta existencia. La creencia en fantasmas ya aparece recogida en algunos textos sumerios y egipcios, como por ejemplo el fantasma de Enkidú que se le apareció a Gilgamesh.

Los griegos y romanos también tuvieron tiempo para hablar de la existencia de estas entidades espectrales, algo que por ejemplo podemos encontrar en algunos párrafos de La Odisea de Homero o en textos de Plutarco en el siglo I. El Budismo también apunta a la existencia de los fantasmas, definiéndolos como almas que se niegan a reciclarse, a reencarnarse, porque aún tienen tareas pendientes en la vida presente. Este es un aspecto que se ha extendido a lo largo y ancho de la sociedad occidental; “los muertos que están entre nosotros, esperan encontrar el momento en el que poderse ir a descansar en paz”.

Pero, ¿por qué aparecerse en una fotografía? Si diéramos por buena la existencia de estas entidades –quizá tendríamos que hacer un gran esfuerzo de imaginación-, ¿eligen aparecer en la imagen o los capturamos por casualidad? La fotografía ha sido desde sus orígenes el caldo de cultivo perfecto para perpetuar el engaño y hacerla servir de canalizador para perpetuar la creencia sobre la existencia de estas entidades de difuntos. Y es que el retoque fotográfico, con más o menos acierto, ha sido siempre un perfecto aliado de los estafadores de lo paranormal.

Una de las imágenes fotográficas más famosas en las que aparecen “fantasmas”, es la de Brown Lady (La Dama Marrón), 1936. El abogado e investigador Alan Murdie estando en el departamento de manuscritos de la biblioteca de la Universidad de Cambridge, encontró un archivo en el que aparecía una completísima investigación sobre una llamativa e inquietante fotografía. El análisis de la imagen fue realizado por la Sociedad para la Investigación Psíquica, concluyendo que aquella imagen que tanto había dado que hablar, tenía una explicación más terrenal que espectral. Entre las evidencias que este grupo de estudiosos encontraron, estaba la posibilidad de que la cámara utilizada pudo haber filtrado la luz ambiental a la placa fotográfica.

A estas alturas del siglo XXI si hay personas que se niegan a desechar esta fotografía como paranormal, es porque se agarran al clavo ardiente de la estrambótica historia que rodea el lugar desde el siglo XVIII, con ingredientes tales como plagas, desapariciones, asesinatos, encierros, apariciones… ¿Y los OVNI? La aparición de extraños objetos voladores en las fotografías merecerían un capítulo aparte – tomo nota para otra ocasión-, y aunque en los últimos años el video ha pasado a ocupar el primer lugar en este concreto campo, lo cierto es que aún hoy en día se cuelan muy de vez en cuando en el fotograma sin haber sido invitados, aunque para ser justos, la mayor parte de los ovnis se plantan en los bonitos cielos mediante un corta y pega, que además generalmente está hecho con la inteligencia de un cardo borriquero, ausente de técnica y esperanzado en no ser descubierto. ¿Quién no ha visto alguna vez un “plastón” sobrevolando la Sierra de Francia o la de Béjar?

Pero antes de acabar estas líneas me gustaría hacer justicia. No todo lo extraño que aparece en una fotografía es un fraude, del mismo modo que habría que dar cabida a la posibilidad de la mala interpretación. Lo que no podemos admitir que después de haber dado la explicación racional y consistente de su “normalidad”, haya fraudulentos que pretendan perpetuar el misterio donde ya no lo hay. El misterio en una fotografía perdura hasta que deja de ser un misterio.

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