Una historia de hace diez años

Una historia de hace diez años

Recuerdo el piano oscuro, arrinconado en los salones de Fonseca y un cosquilleo en el estómago muy similar al que te entra justo antes de un examen. No era ni mucho menos mi primera entrevista, pero sí una muy diferente. Había leído bastantes artículos científicos sobre el funcionamiento y la reproducción de las células durante toda aquella semana para comprender qué aportaciones le habían valido el Nobel de Fisiología y Medicina a aquel científico británico de aspecto afable y pelo blanco, apenas tres años antes. Sir Paul Nurse se sentó justo enfrente, en compañía de su esposa Anne y con una amplia sonrisa, dijo: -este sitio es precioso, ¿de qué quieres que hablemos?

-Tengo varias preguntas y muchas dudas, respondí. -No te preocupes, aún tengo mucho tiempo hasta que comience el acto de investidura, ya verás como las aclaramos. Sonrió de nuevo y pulsé el “Rec” de la grabadora para no perderme nada.

Aquella entrevista, que había sido necesario gestionar con tanto tiempo y preparar cuidadosamente, se convirtió en una charla deliciosa. El profesor me dedicó 40 de los 30 minutos que apenas faltaban para que fuese investido doctor Honoris Causa por la Universidad de Salamanca y aunque no me di cuenta hasta que no hubo pasado un tiempo, sus palabras no respondieron sólo a las preguntas torpes que había apuntado en mi libreta; me enseñaron tres cosas fundamentales que han marcado desde entonces mi visión sobre el periodismo científico y el desempeño profesional:

La investigación, sea cual sea el área de estudio, su finalidad o el resultado último conseguido esconde siempre una historia fascinante. Conseguir contarla adecuadamente es la mayor responsabilidad y también la tarea más divertida que afrontamos a diario desde la Agencia para la Difusión de la Ciencia y la Tecnología (DICYT) desde el 18 de diciembre de 2004.

Después de una década sabemos que se equivocan quienes asumen que a los lectores, al público, a los ciudadanos no les interesa saber cómo funcionan nuestras células y la importancia que una determinada proteína tiene en el funcionamiento de su precisa maquinaria; conocer cuál es la tarea que desde hace más de 13 años afronta en las regiones Polares una joven matemática de la Universidad de Salamanca, o qué información es capaz de leer a través del microscopio un equipo de paleoceanógrafos desde su laboratorio ubicado en el centro de la meseta de Castilla.

La importancia de transmitir a los ciudadanos a qué se dedican sus investigadores excede con mucho la necesidad de conseguir el visto bueno de la población para asegurar la financiación de la ciencia o su apoyo moral a los objetos de estudio: No se trata de exponer en el escaparate los beneficios sociales de la actividad científica para que los consumidores nos los compren, pero sí de conectar con ellos, consumidores, ciudadanos, vecinos y ofrecerles la posibilidad de echar un vistazo a través del cristal nítido, imparcial y riguroso con el que se mira en la ciencia; de despertar la curiosidad y el espíritu crítico; de responder a sus preguntas más o menos ingenuas, más o menos informadas, con la cercanía y el respeto que merece quien dedica al menos unos minutos de su tiempo a pensar, interesarse y valorar el trabajo de otro.

Aún así habrá que estar preparado. Quizás la reacción no sea la esperada y obtengamos ciudadanos más críticos con el sistema científico, con su funcionamiento y resultados; nada que deba inquietar a quien está acostumbrado a argumentar y defender con evidencias sus hallazgos. Deberemos afrontar la tarea entonces como buenos científicos; sin certezas previas y con los ojos puestos en comprobar nuestra hipótesis, la de que así contribuimos a construir una sociedad con individuos mejor capacitados como ciudadanos.

Desde DiCYT mantenemos pulsado el “Rec” para no perdernos nada.

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