“Lo que más me gusta de los salmantinos es su alegría ante todas las cosas”

“Lo que más me gusta de los salmantinos es su alegría ante todas las cosas”

Licenciada en Físicas en la universidad de Moldavia, siempre ha ejercido como informática, trabajo gracias al cual conoció a Arcadie, su marido. Tras conseguir una oferta en Indra, una importante empresa informática de España, él pudo reagrupar a su familia.

Hace tan solo unos meses que Irina Friz, de 46 años, ha llegado a Salamanca y pese a haber empezado a estudiar el castellano tan solo un mes antes de venir a la ciudad, su conversación es fluida y su comprensión absoluta. “Si quiero trabajar en mi profesión tengo que estudiar muy duro”, afirma, al tiempo que cuenta que participa en los recursos de castellano de varias entidades sociales de la ciudad, como Salamanca Acoge, Cruz Roja o Ymca. “Mis hijos lo hablan perfectamente, la mayor ya no tiene prácticamente acento y el pequeño me corrige y me echa la bronca cuando no digo algo bien, es muy divertido”. El ruso, su idioma materno, es un idioma complejo que le hace aprender rápidamente otras lenguas (habla rumano de manera fluida), cuenta, pero, “¿por qué tenéis tantas conjugaciones para el pasado?, con una es suficiente”, se pregunta entre risas. “Sin duda es lo que me menos me gusta de este país”, sigue contando entre bromas.

En un proyecto muy calculado, su marido, Ingeniero informático de profesión, cuenta que obtuvo una oferta antes de comenzar la aventura. De esta manera Irina pudo dejar hace cuatro meses su trabajo en Moldavia, también como ingeniera informática, explica en un correcto castellano, para hacer las maletas junto a sus dos hijos y venir al encuentro de su padre. “Es que queríamos estar todos juntos, allí hay mucha inestabilidad y aunque con un buen empleo puedes vivir bien, queríamos probar otras cosas”.

“La única pega que tiene Salamanca es que está muy lejos del mar”, pues en Moldavia eran habituales de las playas del mar Negro en Bulgaria y aquí tienen que esperar a las vacaciones estivales para poder disfrutar del sol en la playa. Este verano ya han podido pasar sus primeras vacaciones en Andalucía, donde tras conocer Málaga pudieron visitar Córdoba; “Es una ciudad preciosa”, dice.

Deseando trabajar

Sus proyectos de futuro a nivel personal pasan por perfeccionar su castellano para, una vez que lo consiga, trabajar; “Necesito trabajar, no aguanto más en casa”, dice entre risas. No le importaría incluso tener que trabajar en otra cosa, exclama.

Su llegada fue muy tranquila gracias a la oferta de empleo que obtuvo en su país y así pudieron reagruparse con relativa facilidad. Pesó mucho en la decisión el hecho de que su marido ya conocía Salamanca y “le había encantado cuando estuvo en España”, cuenta. Sus hijos son una cuestión diferente, ellos echan de menos su país y les gustaría vivir allí, pero sobre todo prefieren vivir toda la familia junta. Es impensable para ella saber lo que deparará el futuro, ahora sus hijos se están adaptando muy bien al colegio, tienen muy buenos amigos y no quieren pensar lo que harán en un tiempo, ahora tienen que estudiar, cuenta. No han construido su proyecto a espaldas de sus hijos y no comenzarán a hacerlo ahora, dice con severidad.

Originarios de Kisineu, la capital de Moldavia, extraña sobre manera la vegetación y lo verde que es toda la capital. Aquí, dice con melancolía, todo está hecho de asfalto. Adoran la naturaleza; hoy, cuenta con nostalgia, ha comenzado a nevar; “A mis hijos les gusta mucho la nieve”. Cuenta entre carcajadas que su hijo Andrei, quería comprar un trineo para jugar, “aunque no hace mucho más frio que en Salamanca, allí la nieve está presente casi todo el invierno”.

Adaptación a Salamanca

Exclama que lo que más le gusta de la ciudad de Salamanca es la alegría de la gente, “aquí siempre están alegres y sonriendo, en Moldavia la gente es más seria. Aquí también tienen problemas y no por eso dejan de estar contentos”. La vida en Moldavia no es fácil, la factura de la luz, del agua y el alquiler siempre suben. Incluso, para las personas jubiladas, explica, Moldavia es un país en el que es muy difícil vivir. Aquí la pensión les permite viajar, ir a la piscina y hacer muchas cosas, cuenta; “Allí las personas jubiladas pagan su pensión entera para cubrir los gastos, si no tienen hijos que les mantengan no pueden vivir”.

La mayor dificultad para la adaptación la está encontrando en el miedo. Irina es feliz, pero le aterra lo que pueda pasar con sus hijos, dice. “Son chicos muy comunicativos y cuentan todo, pero me preocupa que puedan tener problemas con sus compañeros o que echen mucho de menos su país”. “Por ahora no sé qué notas están sacando, ellos dicen que más o menos normal pero una es adolescente y ya sabes”, ríe. Fruto del cambio de residencia su hijo pequeño ha perdido un curso porque con su edad en Moldavia iba a primero, pero aquí tiene que ir a tercero, “segundo le ha desaparecido”, dice preocupada. “Afortunadamente ha aprendido castellano rapidísimo”.

A Irina le gusta mucho leer, aunque ahora no disfruta de mucho tiempo libre, también le gusta hacer yoga e ir a la piscina, para lo que asiste regularmente al gimnasio. Pero lo que más le motiva es el momento en el que toda la familia se junta para descansar e ir a dar un paseo al parque o cualquier otro sitio.

Su primer día fue muy gracioso, cuenta. Llegaron a Barajas por la noche y tuvieron que dormir en el aeropuerto. Durante el viaje pasaron un poco de miedo porque estaba ella sola con sus dos hijos, pero cuenta que “fue muy divertido, toda una aventura que estaba comenzando”. 

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