Triunfó el que la metió entera, como suena. Porque meterla entera es algo muy valorado en este siglo XXI. La espada, se entiende. Alejandro Marcos fue quien la metió hasta las cintas, el triunfador, quinto novillero en el quinto novillo de la primera de abono de la Feria de Salamanca 2015. Mientras sus compañeros metían la puntita, el charro Alejandro supo ver que el triunfo estaba en clavarla toda, fuese como fuese. No es que no hiciese más cosas para triunfar, no. Es que en eso, en meterla entera estribó la diferencia entre el triunfador Alejandro y el solo aplaudido Álvaro Lorenzo, por ejemplo, quien toreó con primor.

La novillada, larga, diferente, rara si ustedes quieren con esto del seis para seis, tuvo dos partes definidas por varios motivos. La primera parte, los tres primeros novillos, que le tocaban a tres novilleros con nombre y forasteros, mientras que los otros tres eran para tres charritos en diferente momento. También se dintinguió la primera parte de la segunda porque los tres primeros bureles sacaron buena, sobresaliente y notable humillación (en ese orden) pero con ese celo que ronda límites del me voy pero me quedo, mientras que los otros tres siempre decidieron empujar las telas con más o menos estilo. 

Abrió el muestrario novilleril Posada de Maravillas, tan bien cortado, tan hecho, tan conocedor ya, tan suficiente que supo decir poco. Siempre con postura, con apostura, tuvo un enemigo tan guapo como noble, que es buena condición si se le hubieran añadido otras virtudes que no sacó. El empuje, por ejemplo. Humillaba en los embroques pero salía de allí con su cara natural. Parecía que Posada no quería arrimarse, que mejor fuese pasarlo por allí, pero lo que no quería Posada era apretar antes de tiempo no fuese a ser lo que fue, que el tal Lorito no quisiera angosturas, ni empleos. Aquello quedó en una convivencia de posturas sin comunión y la ya anunciada tardanza en meter la espada certera.

El novillo de Álvaro Lorenzo sacó estilo, humillación, ritmo excelso y la holgura de ese muelle del celo en duda, de ese me voy pero me quedo que da larguísimos viajes cuando se quedan enganchados en los vuelos de las telas y feos desaires cuando se sueltan y pierden tela. El manchego le dibujó verónicas preciosas y un toreo de altura cuando conseguía esa magia de anillar la nariz del toro a la tela sin más anilla que el temple. Ese sí pero no llevó a Álvaro a ponerse en la vía del tren cuando el rítmico Calabrés ya arrollaba para chiqueros y se lo llevó por delante en susto severo sin mayor consecuencia. Había triunfo legítimo para él, pero pinchó una vez y otra, hasta sumar cinco y un descabello. Aún así saludó una ovación de las que el público arranca de verdad.

Muy parecido resultó Jabalino, negro, como todos, más altito él, suelto de carnes, con el ritmo que usa un amigo al embestir de carretón y hasta con más humillación y estilo que los que lo entrenan de salón. Y ello lo aprovechó Varea para conformar un bonito saludo, ora rodilla en tierra ora erguido, hasta perder el capote por asirlo sutil en los mismos medios. Si los otros se habían ido con las cuerdas de la puya metidas y ya, este Jabalino las rozó y poquito más para quedarse como una malva para la muleta de Varea. Otra vez ese vaivén del pasar e irse para finalmente quedarse, otra vez ese ritmo sobresaliente y ese largo viaje que en ocasiones parece renunciador a nuevas acometidas. Y frente a esto, un novillero con técnica de matador avezado y la ambición tullida, quién sabe si por los avatares de los despachos o por los de las desilusiones. El caso es que el novillo tenía mucha clase y las ganas justas de pelea y ese también lo transmitió el propio novillero. Toda la técnica que aprendió para mover a los animales con las telas es la que le falta con la espada, con la que se perdió en tres pinchazos, una corta y el descabello.

Hasta ahí la parte forastera y la parte de celo limitado. Porque salió Incitador, más torete por morrillo, por remate y por carácter, avinagrado, pechugón y bruto, recto, desde los primeros compases. Cada arrancada era un arrollar con todo. Pero a Incitador lo dejaron bien puesto a caballo de Francisco María, Paquito Cenizo hijo, que hizo la suerte de varas bella y efectiva en un puyazo clavado en la yema que resultó mano de santo.  Otro toro distinto parecía el antes arrollador cuarto, porque Alberto Escudero, su matador, se puso a hacerle un quite y allí ya el toro volcaba la cara, cogía curvas y empujaba por abajo y no a la esclavina como lo hacía antes. Nunca se le fue el carácter recio, pues en banderillas lo vendió caro y llegó a la muleta con esa actitud, con poder, con redaños, con humos subidos pero haciéndolo ya por abajo. Escudero se puso con decisión y pudiendo al toro por la vía del desgaste, sumando derechazos, para ver si Incitador entregaba la cuchara. Se terminó el poder por esa vía del desgaste y se terminó todo, porque no afloró la clase en la embestida y el toreo de Alberto ya era una sucesión de pases voluntariosos a veces desairados por enganchones. Subió el diapasón por ceñidas bernadinas y se perdió en pinchazos varios.

El quinto era de la misma ganadería, negro como todos los anteriores de José Cruz, pero disnto por resultar más bajo, más suelto, cornidelantero y cornillano, sin las puntas cerradas como los otros. Y distinto fue también, siempre galopando, siempre alegre, pronto y dispuesto, algunas veces demasiado vencido. El triunfador Alejandro Marcos se tiró de rodillas para saludar y así llegó a los medios, apentando su acelerador y sintiéndose apretado por el burel, también. Variedad muletera de inicio, decisión, ganas e incluso ansias. Alejandro Marcos parecía tenerlo tan claro que, por momentos, toreaba sin toro, como si el toro se tuviese que adaptar a lo que él hacía o al revés. Y así llegó, mientras toreaba por naturales, una voltereta tremenda, dramática, espectacular, de la que salió milagrosamente indemne. Luego siguió chisposo, queriendo, mirando al tendido en instantes de belleza y cierto pellizco que calaron en los paisanos. Y esa espada entera, que tras dos horas de faenas rematadas por pinchazos era la gloria, un espadazo trasero, caído, entero y triunfal. Dos orejas que era el objetivo del torero, de éste y de todo torero.

Dos horas y diez minutos después del inicio salió el sexto, del sustituto Alexis Sendín, que venía de sufrir varias cornadas en sus piernas durante un quite al novillo de su debut con picadores. Tuvo temple, son, nobleza y duración Virrey y Sendín todo voluntad y fallos a espadas. 

Todos cabizbajos, andando y solitarios. Salvo uno, Alejandro Marcos, que fue quien la supo meter. El valor de un espadazo triunfal.

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