Crónica de C.R.V.

El toro sortea obstáculos humanos. Ni elige ni habla. No opina. Encuestada la corrida de hoy sobre su frealdad agalgada, avacada, estrecha y de caras carnavalescas, la respuesta es una unánime: ellos no querían. Ser así. De todos los obstáculos humanos que el toro sortea, el mal gusto es el primero. Porque lo primero para todo es tenerlo, el buen gusto. Seleccionar voluntariamente para tener este tipo de toros es de mal gusto, dicho con todos los respetos, informa mundotoro.com

A la corrida de Dolores Aguirre le faltó hechura, le sobró alzada y hueso. Le sobraron caras abiertas o cornalonas. Y le faltó recordar al encaste Atanasio. Por supuesto le faltó alma, es decir raza y empuje, aunque a algunos se les vio faltos de pienso. Tiene Pamplona tendencia a la hipérbole, pero nunca a la fealdad ni a la escasez. Salvo un melocotón bajo de agujas y bien encornado, la corrida nunca recordó a su origen. De este encierro para 'guiris' salió danmificado Joselillo al arrancar una oreja por un toreo en movimiento y estar listo aprovechando al toro de mayor movilidad y duración. Enlotó Ferrera dos toros incoherentes en hechuras y raza mientras que Gallo tuvo al de mejores hechuras que duró poco y otro que se dejó a ratos en su huida constante.

Un ejemplo de mal gusto fue el primero, que pesó casi 600 kilos de puro hueso. Fue toro alto, agalgado y avacado. Sin fondo ni fuerza al que Ferrera le dio fiesta en banderillas para ver luego como se tumbaba en los medios a las primeras de cambio. El cuarto fue un feo de concurso: Muy abierto de cara y sin ningún perfil. Como casi toda la corrida cumplió en varas pero éste llegó a la muleta reservón, a veces mirando, y cuando metía la cara no se iba de los vuelos de la muleta. Bien es cierto que Ferrera tomó sus precauciones.

El toro de buen gusto fue para Eduardo Gallo. Bajo de agujas y de preciosa lámina, se empleó bien en varas y hasta tuvo varias arrancadas colocando la cara en la muleta, sobre todo en las dos primeras por el pitón derecho. Luego pareció que sucedieron dos cosas: una que el toro fue a menos y otra que el torero se amontonó un poco, sufriendo hasta tres desarmes en una faena que cayó en picado a pesar de prometer buena nota en la primera tanda con la derecha.

Que vengan de los mismo este toro y el quinto es una afirmación que provoca un acto de fe a simple vista. Este fue un burraco excesivamente lavado de cara y muy zancudo. El trapío de estos toros no es que sea sospechoso, es que no lo tienen. Fue toro descastado, que marcó querencias muy pronto pero siempre de forma pacífica. Quizá se equivocó el torero al empeñarse en los medios donde el toro estaba más a disgusto y fue en las tablas donde le regaló las mejores embestidas por el pitón izquierdo en una buena tanda. Pero al final el toro comenzó a huir después de cada segundo muletazo. Lo mató de una estocada baja.

La oreja de Joselillo tuvo el peso que tiene estar listo para los recados. Fue el tercero el toro con más celo y más movilidad de la corrida y el vallisoletano lo citó desde el centro del ruedo de rodillas en una primera tanda que provocó la alegría en las peñas. Se afanó siempre por buscarle las vueltas, pues, a medida que perdía la inercia de la larga distancia, el toro perdía viaje y por tanto, emoción. Fue faena que duró lo suficiente, rematada de buena estocada, para cortar una oreja de mérito.

Un oasis dentro de una tarde empachada de mal gusto cuya guinda fue el sexto, un toro que enseñó los pitones hacia el cielo de Pamplona cuya condición no tuvo nada que ver con el resto. Se frenó en el capote buscando por debajo de los vuelos, y a la muleta llegó venciéndose por los dos pitones, con la cara a media altura. La corrida no metió miedo y fue desagradable a la vista. En su descargo, decir que se emplearon en varas excepto el quinto que huyó hasta cuatro veces del caballo.    

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