Lloramos  hoy la desaparición,   en  menos de  quince días,  de  dos  grandes de la poesía   de habla hispana que en  fecha relativamente reciente (2005-2009) recibieron,  entre otros muchos  galardones de gran prestigio,  anteriores o  posteriores,  incluido el Premio Cervantes, el  Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, otorgado conjuntamente por la Universidad de Salamanca y  Patrimonio Nacional en reconocimiento  del conjunto de la obra poética de un autor vivo, que por su valor literario, constituya una aportación  relevante  del patrimonio  cultural compartido por la comunidad iberoamericana.            
 
Nacido  en Buenos Aires el  3 de mayo de 1930, nadie cantó  el  dolor como el argentino  Juan Gelman, periodista, escritor y  militante de organizaciones guerrilleras, marcado por el exilio,  el secuestro y desaparición de sus hijos y la consiguiente pérdida, hasta su hallazgo en el 2000,  de una nieta nacida en cautiverio. La Universidad de Salamanca publicó, con motivo  de la concesión  del Premio Reina Sofía en 2005 la Antología, que lleva el título de "Oficio ardiente", en honor a la consideración que de la poesía tenía  el  propio poeta, cuya edición crítica  fue obra de  la profesora y poeta María de los Ángeles Pérez López,  y  que Gelman calificó como "la mejor antología que se ha hecho de mi obra".   Nueve años después,  murió el argentino en México, el 14 de enero de 2014.
 
Quiso el destino  que   en México naciera,  el 30 de junio de 1939,   y  falleciera allí también, apenas  12 días después  de Gelman, el 26 de enero de 2014,  el profesor, académico, editor y  literato José Emilio Pacheco. Por la importancia de su obra poética,  Pacheco obtuvo el Premio Reina Sofía en 2009,  publicando la Universidad de Salamanca  la  última  edición crítica de  su poesía, que conjuga el amor a los demás con el  horror a la violencia,  bajo el título “Contraelegía”, realizada por  Francisca Noguerol. La antóloga  subrayó entonces   la desesperanza del  pensamiento del  escritor mexicano y  su concepción de la literatura como arte total.
 
La muerte llega siempre, pues, como escribió José  Emilio Pacheco  en su poema “Los días no se nombran”,  en un mundo enlazado de prisiones / solo las nubes arden siempre libres/… como son inmortales nunca oponen / fuerza o fijeza al vendaval del tiempo. Pero si este último nos arrebata ahora a Gelman y  a Pacheco, nos quedará siempre su obra y su recuerdo.

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