La fuerza silenciosa de los voluntarios contra el cáncer en Salamanca

La labor discreta y ejemplar de más de 300 voluntarios sostiene en Salamanca una red de apoyo esencial para pacientes y familias que va más allá de la atención médica

Cristina Bajo, coordinadora de voluntariado de la AECC junto a Deolinda, voluntaria.
Cristina Bajo, coordinadora de voluntariado de la AECC junto a Deolinda, voluntaria.

Detrás del trabajo de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC) en Salamanca se esconden historias de compromiso, empatía y generosidad. Historias de voluntarios que acompañan a pacientes, apoyan a familias y hacen posible que la asociación siga creciendo y llegando a quienes más lo necesitan. Una labor silenciosa pero imprescindible, que sostiene el día a día de la entidad y representa el corazón humano de la asociación.

"El voluntariado es uno de los pilares fundamentales que hacen funcionar a la asociación", explica Cristina Bajo, coordinadora de voluntariado de la AECC en Salamanca. "Nos permite llegar a más personas, hacerles la vida más fácil y mejorar su día a día. Es un pilar fundamental y un facilitador que da visibilidad a la asociación y nos ayuda a crecer".

Cristina habla desde la experiencia. Durante diez años, fue voluntaria en hospitales, acompañando a pacientes a citas y tratamientos, y ahora coordina la red de voluntarios de la ciudad. "Antes, el voluntariado era más básico y menos estructurado. Ahora somos más profesionales, estamos mejor formados, tenemos reuniones de seguimiento periódicas y todos los grupos formamos parte de una gran familia, lo que fortalece la cohesión".

El voluntariado de la AECC se organiza en distintos ámbitos según la cercanía con el paciente. Algunos trabajan directamente en hospitales, ofreciendo información, acompañamiento y apoyo emocional. Otros reciben a los pacientes en la sede, especialmente a quienes acaban de recibir un diagnóstico, brindándoles atención, apoyo y orientación sobre los recursos disponibles, todos ellos gratuitos. Además, hay voluntarios dedicados a la promoción de la salud, al apoyo a la investigación, a la logística de eventos como la Marcha Contra el Cáncer y las tareas administrativas.

Uno de los aspectos más delicados del proceso es la incorporación de nuevos voluntarios, ya que muchos de ellos han tenido una relación directa o indirecta con la enfermedad. "Partimos de la base de que muchos voluntarios han tenido contacto con pacientes con cáncer y, en muchos casos, han pasado por la enfermedad", señala Cristina. "En esos casos, lo primero que hacemos es valorar si están emocionalmente preparados para ayudar a otros que están pasando por ese proceso y si ha transcurrido suficiente tiempo para que se recuperen. Si vemos que aún están muy sensibles, adaptamos su voluntariado a otras áreas".

La formación es clave para ofrecer un apoyo de calidad y está directamente relacionada con la labor que realizará cada voluntario. Con alrededor de 300 voluntarios en Salamanca, la asociación se adapta a las capacidades de cada persona, independientemente de su edad, origen o experiencia. “Contamos con voluntarios muy jóvenes, incluso de 19 o 20 años, estudiantes internacionales que solo están aquí unos meses y personas con más de veinte años de experiencia. Todos aportan, y todos son necesarios”, destaca Cristina.

Actualmente, la AECC está inmersa en un plan estratégico que refuerza aún más el enfoque humano del voluntariado. “Humanizar al paciente es ahora el eje central de todo lo que hacemos. No es que no humanizáramos la atención antes, pero ahora es la base”, afirma. “Formamos a los voluntarios para que sean sensibles y comprendan que, aunque no podemos cambiar el curso de la enfermedad, sí podemos acompañar, proteger y apoyar a la persona. Cuando los pacientes se sienten escuchados y atendidos, lo sobrellevan mejor”.

Para fortalecer este sentido de trabajo en equipo, se organizan encuentros periódicos entre los voluntarios. “Intentamos reunirnos cada mes o mes y medio para compartir dudas, preguntas y experiencias. Mi objetivo es que nos sintamos como una familia, no como grupos aislados. Además, la formación es continua porque siempre surgen nuevas situaciones que debemos saber gestionar de forma realista”.

Ser voluntario, asegura Cristina, es un proceso sencillo. “Solo hay que venir y preguntar. No es nada tedioso. Nos adaptamos a cada persona, a sus horarios y a sus capacidades. Cualquiera puede participar, incluso menores con autorización”.

De cara al futuro, el reto es claro. “Desgraciadamente el cáncer sigue ahí y vivimos más años, por lo que cada vez hay más personas que lo padecen. Nuestro objetivo es que todas las personas que nos necesiten puedan estar atendidas de alguna manera. Para eso necesitamos un voluntariado fuerte, estable, que confíe en la asociación y se sienta bien formando parte de ella”.

Una historia personal convertida en compromiso solidario, así es la experiencia de Diolinda

Deolinda, voluntaria de la AECC en Salamanca, recuerda cómo su vínculo con la asociación nació de una experiencia personal: “Mi madre tuvo cáncer de mama hace doce años. Durante todo su tratamiento, vi de cerca el apoyo de los voluntarios en el hospital. Me impactó cómo la acompañaban a consultas, facilitaban transporte, ofrecían cojines para la recuperación… Esa dedicación me llamó la atención”.

Cuando su madre volvió a recaer años después, Deolinda volvió a vivir de cerca la labor de la asociación. “En aquel momento conocí más servicios: atención psicológica, fisioterapia, formación en nutrición… Cada paciente necesita algo distinto, y ahí estaban los voluntarios, ofreciendo su apoyo de manera desinteresada. Eso me motivó a involucrarme”, explica.

Aunque no se veía como voluntaria en el hospital, Deolinda descubrió que había muchas formas de colaborar: “Hay labores en retaguardia, como la parte administrativa, preparar campañas o registrar datos, que es voluntariado también. Quise aportar mi granito de arena para apoyar a quienes realizan la labor directa con los pacientes”.

Actualmente, Deolinda se ocupa de tareas administrativas y logísticas, desde ayudar en campañas como la Marcha contra el Cáncer hasta organizar datos y coordinar recursos. “No se trata de la cantidad de tiempo que dedicas, sino de la disposición y la calidad del apoyo que brindas. Incluso con una o dos horas a la semana, se puede hacer mucho”, afirma.

El voluntariado, asegura Deolinda, aporta a los pacientes un acompañamiento único: “Se sienten escuchados, cuidados y comprendidos. A veces se desahogan con nosotros porque no pueden hacerlo con su familia. Somos un apoyo neutral, desinteresado, y eso alivia su carga emocional”.

Para ella, la satisfacción personal supera cualquier esfuerzo. “Con lo poco que hacemos, vemos que significa tanto para alguien. Esa gratitud y reconocimiento, aunque no se diga con palabras, es inmensa. El voluntariado te aporta algo que no encuentras en muchos otros ámbitos, te sientes útil, importante, parte de algo que realmente cambia vidas”.

Cuando se le pregunta qué valores destacan en esta labor, no duda: “El desinterés, la gratitud, la generosidad y la excelencia. Aquí el voluntariado no es algo que se hace por obligación o tiempo libre, sino con compromiso, formación y dedicación. Cada gesto cuenta, y cada persona a la que ayudamos se siente acompañada”.

Sobre quienes aún dudan en unirse, Deolinda lanza un mensaje claro: “No lo pienses. Los beneficios personales superan lo que puedes aportar. Te sientes importante, útil, parte de algo que realmente cambia vidas. Es una experiencia que te enseña humanidad, solidaridad y empatía, y que deja huella tanto en quien recibe ayuda como en quien la da”.

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