Sometida por Aníbal, invadida por Napoleón y liberada por Wellington: la estrategia militar de grandes líderes en Salamanca
Los tres incluyeron a Salamanca en sus planes, ya fuera para consolidar su poder o para defender a la provincia de las tropas invasoras
Julio César, Alejandro Magno, Publio Cornelio Escipión, Aníbal Barca, Napoleón Bonaparte y el Duque de Wellington son algunos de los mejores estrategas militares de la historia según los expertos. Todos ellos protagonizaron auténticas proezas en el campo de batalla, acumulando numerosas victorias y ampliando las fronteras de sus respectivos reinos e imperios, pero solo tres incluyeron a Salamanca en sus planes.
Aníbal Barca y su admiración hacia las mujeres de Salmantica
Tras la muerte de su tío Asdrúbal, fundador de Qart Hadasht (Cartagena), Aníbal se convirtió en comandante en jefe de las fuerzas cartaginesas desplagadas en Hispania. "Su primer objetivo era el de la provocación. Para ello avanzó cruzando el Segura, el Guadiana y el Tajo, hasta alcanzar la población de Hermándica, Salmantica para los romanos", relata Santiago Posteguillo en 'Africanus: el hijo del cónsul'.
El general llegó a la puerta del Río de la ciudad con su ejército y unos 40 elefantes en el año 220 a. C. "Ceder plata y prisioneros era algo así como el requisito para negociar y evitar, de entrada, el asalto del potente ejército cartaginés", recoge Eduardo Sánchez Moreno en 'Releyendo la campaña de Aníbal en el Duero'. Los salmantinos se comprometieron a la entrega de trescientos talentos de plata y rehenes en igual número. No cumplieron su palabra y Salmantica fue mandada saquear.
"Suplican los bárbaros que se les deje salir con un vestido junto con sus mujeres, después de abandonar las armas, las riquezas y los esclavos", escribe Virgilio Bejarano en 'Fuentes antiguas para la historia de Salamanca'. Los hombres abandonaron la ciudad totalmente desprovistos de armas a diferencia de las féminas. Conscientes de que no serían cacheadas, ocultaron puñales bajo sus ropajes y se los entregaron a sus compañeros. "Algunas, atacaron a los que saqueaban la ciudad, de suerte que a unos hirieron y a otros mataron".
El comportamiento y valentía de las mujeres "conmovió" al mismísimo Aníbal, que decidió indultar a los habitantes de Salmantica: "Después de todos los avatares, el cartaginés trató con benevolencia a los salmantinos y les restituyó su situación y posesiones".
Los cartagineses siguieron consolidando su poder en Hispania hasta culminar con el asedio y destrucción de Sagunto, ciudad aliada de Roma. Las dos potencias entraron en guerra. El siguiente paso de Aníbal y su ejército fue atravesar los Pirineos y los Alpes para conquistar el norte del Italia. Se impuso en las batallas de Trebia, Trasimeno o Cannas. Ningún general romano era capaz de hacerle frente. Ninguno hasta la llegada de Publio Cornelio Escipión.
Escipión, que había conquistado la inexpugnable Cartago Nova en solo un par de días, obtuvo permiso para desembarcar en el norte de África con las legiones a su mando. El objetivo era alejar a Aníbal de la península itálica y lo consiguió. Cartago requirió los servicios de su mejor general. Ambos ejércitos se enfrentaron el 19 de octubre del 202 a.C. en la batalla de Zama. El local era superior numéricamente, pero el consul romano concibió una estrategia para igualar las fuerzas y derrotar a los temibles elefantes de guerra de sus rivales. La victoria fue total y Publio se ganó el sobrenombre de Africanus.
Aníbal y Escipión conversaron antes de la decisiva batalla. Ambos volvieron a protagonizar un 'cara a cara', según cuenta la leyenda, en la ciudad de Éfeso, donde departieron sobre los mejores generales de la historia. El devenir de ambos fue diferente y a la par similar. El cartaginés ejerció como funcionario del tesoro en su tierra y, al entrar en conflicto con los oligarcas, decidió exiliarse. Estuvo al servicio de los reyes Antíoco III, Artaxias y Prusias I, quien lo 'vendió' a los romanos pese a darle una importante victoria marítima: derrotó a Eumenes II en el mar lanzando calderos llenos de serpientes a su flota. Para no caer en manos de los romanos, decidió suicidarse con un veneno que guardaba en uno de sus anillos. Era el año 183 a.C, el mismo en que murió Africanus, también exiliado -a Liternum- tras ser acusado de traición por sus opositores políticos.
El Duque de Wellington y Napoleón Bonaparte, la cara y la cruz de la Guerra de la Independencia en Salamanca
Napoleón Bonaparte invadió la península ibérica en 1808 y declaró rey de España a su hermano José. Los españoles y portugueses se sublevaron e iniciaron una guerra, la de la Independencia, con el apoyo del ejército británico. "El 16 de enero de 1809 entran en Salamanca los dragones imperiales al mando del General francés Montpetit. Se mandó construir tres fortines en los conventos de San Vicente, la Merced y San Cayetano, ordenando despejar y derribar casas y edificios cercanos", mantiene el exalumno de la USAL José Antonio López Rodríguez en el blog de Alumni.
Los franceses causaron un gran daño en el patrimonio de Salamanca capital e incluso de la provincia. Ciudad Rodrigo fue asediada en dos ocasiones. La primera, en 1810. Un ejército napoleónico formado por más de sesenta y cinco mil soldados cercaron el municipio, defendido por una guarnición de 5500 españoles, durante más de tres meses hasta que lograron abrir una brecha en la muralla. El segundo sitio se produjo en enero de 1812 con distinto desenlace. Duro solo trece días y se impusieron los hombres comandados por Arthur Wellesley, primer duque de Wellington.
El papel de Wellington fue aún más crucial en la batalla de Arapiles, librada el 22 de julio de ese mismo año. El ejército anglo-luso-español que comandaba junto a Luís do Rogo Barreto y Miguel Ricardo de Álava se enfrentó a las tropas napoleónicas lideradas por Auguste Marmont. El primer bando contaba con 50.453 soldados y el segundo, en inferioridad numérica, con 49.919. Los cien mil participantes convirtieron a la contienda en la más numerosa en efectivos de todas las acontecidas en España durante el siglo XIX.
"Wellington, un maestro de la estrategia defensiva, estaba esperando pacientemente a que Marmont cometiera un error", señala una publicación del CIDA. Ese error no tardó en llegar. El francés creyó que su oponente se batía en retirada y ordenó un avance agresivo y alargar más su línea para aumentar la presión. El cálculo no se hizo bien y el flanco izquierdo de su ejército quedó expuesto. El duque detectó rápidamente esa vulnerabilidad y lanzó un ataque sorpresivo.
"Cuando Wellington ordenó a la 3ª División Británica bajo el mando de Edward Pakenham que atacara el flanco izquierdo francés. Simultáneamente, la 5ª División, liderada por James Leith, y las tropas portuguesas también avanzaron contra el centro y el flanco izquierdo francés. Este ataque coordinado fue devastador". Marmont fue gravemente herido y fue sustituido al mando por el general Bertrand Clauzel, que intentó reorganizar sin éxito las tropas napoleónicas y contratacar. "La situación ya estaba fuera de control". Los galos perdieron a alrededor de 14.000 hombres frente a las 5.000 bajas de los aliados.
La batalla de Arapiles fue el principio del fin de la presencia de las tropas de Napoleón en la Península. El duque de Wellington entró el 12 de agosto en Madrid, forzando la huida de José I y su corte hacia Valencia. La campaña del inglés "cuestionó la imbatibilidad de los franceses, anunciando la catastrófica derrota de la Grande Armée en Rusia", señala Jesús Espinosa Romero. Años más tarde, en 1815, dirigió las tropas británicas, neerlandesas y alemanas en Waterloo que forzaron el exilio de 'Le Petit Caporal' (el pequeño cabo) a la isla de Santa Elena.
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