Con la llegada del verano, el riesgo de incendios forestales aumenta de forma considerable. Aunque el calor, el viento y la falta de lluvias crean las condiciones perfectas para que las llamas se extiendan con rapidez, la mayoría de los fuegos tienen un origen común: la acción humana.
Las investigaciones realizadas tras numerosos incendios apuntan a que los descuidos siguen siendo la causa más habitual. Una colilla arrojada desde un vehículo, una barbacoa en una zona prohibida, la quema de restos vegetales o el uso de maquinaria que genera chispas pueden desencadenar un incendio en cuestión de minutos.
Junto a las imprudencias también existen incendios provocados de forma intencionada. Las motivaciones pueden ser muy variadas y van desde el vandalismo o los conflictos personales hasta otros intereses que solo pueden determinar las investigaciones de las autoridades.
A menudo se relaciona este tipo de sucesos con los pirómanos. Sin embargo, los especialistas recuerdan que la piromanía es un trastorno psicológico poco frecuente y que representa solo una pequeña parte de los incendios provocados. La mayoría de los fuegos de origen humano se deben a negligencias o a acciones intencionadas que no están relacionadas con ese trastorno.
Las consecuencias son devastadoras. Cada incendio supone la pérdida de masa forestal, la muerte de animales, importantes emisiones de humo y un riesgo para viviendas, agricultores y equipos de extinción, que trabajan durante horas para evitar que las llamas sigan avanzando.
Las autoridades insisten en que la prevención sigue siendo la mejor herramienta. Evitar cualquier actividad que pueda generar fuego y avisar inmediatamente al 112 ante la presencia de humo son medidas clave para proteger el entorno natural durante los meses de mayor riesgo.



