Enrique Montero Berrocal nació hace 27 años en Salamanca. Estudió un grado de Ingeniería Agrícola y un máster de Ciencias Agrarias y Ambientales en la USAL. Muy arraigado a la provincia que le vio nacer y crecer, su vida dio un giro de 180 grados cuando conoció a Stefanie, una chica de Madrid pero con ascendencia venezolana con la que decidió emigrar a la localidad francesa de Tourcoing, una ciudad algo más pequeña que Salamanca y que hace las veces de frontera con Bélgica.
Al contrario que muchos jóvenes españoles con estudios que deciden buscar suerte en otros países trabajando en oficios para los que les sobra cualificación, Kike asegura que sí tenía la oportunidad de encontrar trabajo en España y en su sector nada más terminar sus estudios. Su caso, dice, es diferente. Él decidió acompañar a su novia a Francia el pasado verano. Allí, ella encontró un puesto en una conocida empresa dedicada a ofrecer servicios de alojamientos particulares.
Su pareja ya tenía superada nada más bajar del avión la primera barrera, la del idioma. Y es que Stefanie estudió Traducción e Interpretación. Kike, vecino de Robliza de Cojos, lo tuvo más difícil. Pese a ello, a implicación con la cultura francesa no le gana nadie. Para empezar, porque él no trabaja fregando platos en la cocina de un restaurante, sino que es “Employé polyvalent de restauration”.
Mientras que poco a poco mejora su expresión y compresión de la lengua de Victor Hugo, también trata de abrirse un hueco en el mercado laboral galo, o en su casa. Kike y Stefanie viven en un dúplex de 18 metros cuadrados. Sí, han leído bien: 18 metros cuadrados por los que pagan una renta de 450 euros. Una mensualidad, no obstante, no muy diferente a las cuotas de alquiler de Salamanca si se deja de lado el espacio y se tiene en cuenta además que los salarios de la hostelería en Francia suelen ser más elevados que aquí.
En Tourcoing, perteneciente al Departamento del Norte, Kike pasa su tiempo libre disfrutando de la naturaleza y de los muchos senderos para bicicletas de los que dispone la ciudad.
Los que le conocen hablan de él como un tipo ingenioso. Tanto es así que en la Oficina Española de Patentes y Marcas está registrado su sistema de bajo coste a partir del cual se pueden gestionar los elementos básicos de un invernadero a través de Internet. El inventor de Robliza de Cojos quiere ahora que su ingenio se valore a más de 1.500 kilómetros de su pueblo.




