La hoguera define la noche de San Juan, pero no es el único ritual que trae la celebración del solsticio de verano. Año tras año, la noche del 23 al 24 de junio se convierte en un escenario ritual donde se difumina el límite entre lo real y lo onírico, entre la magia ancestral y el escepticismo contemporáneo. Con la premisa de quemar, es decir, purificar para abrir paso a lo nuevo que llega, las personas se concentran en torno a las llamas.

Sin embargo, si miramos más allá de las brasas se esconden otros rituales que han caído en el olvido, pero que nos anclan a nuestras raíces y que, durante siglos, se han transmitido generación tras generación, aunque no tengamos claro dónde se sitúa su origen.
“La hoguera sigue siendo el gran ritual del solsticio de verano”, asegura Francisco Blanco, investigador y divulgador de las tradiciones de Salamanca, que añade que ese protagonismo “nos hace olvidar que también hay otras hogueras en el solsticio de invierno, se hacen entorno a San Sebastián en lugares como Ciudad Rodrigo o Puerto de Béjar, pero no tienen tanta repercusión ni están tan generalizadas como la de San Juan”, son “rescoldos de otros fuegos de solsticio que antiguamente tenían tanto protagonismo como el de verano”.
Ritos que son “memoria ancestral que se sigue guardando en algunos lugares de la provincia” y que no se centran solamente el fuego y la noche de San Juan, sino que también están presentes en la mañana del día 24 de junio.
“Las hogueras de San Juan desde su origen y, en relación con esta vinculación que tienen con los ritos solares de la antigüedad y de alguna manera las divinidades solares representadas por el fuego, trasladan o transmiten a su fuego simbólico el poder que tiene una divinidad y de ahí que a los fuegos de San Juan se les atribuyen prevención de ciertas enfermedades, incluso la curación”, asegura Francisco Blanco algo que otorga un “carácter sanitario” a esta noche. Es ese “quemar lo malo”, que puede equipararse a un ahuyentar la enfermedad, el que en la noche más corta del año ha dado lugar a tradiciones como la quema de muñecos con grandes atributos sexuales en Lagunilla, a lo que se llama, según Blanco, quemar la sarna. “Es decir, era un rito protector contra una enfermedad que ya ha desaparecido”, añade.

Es tan solo un ejemplo de cómo a través de los ritos de la Noche de San Juan, nuestros antepasados buscaban protegerse contra la enfermedad. Otro era aspirar el humo de la hoguera para protegerse de los dolores de muelas. Rituales que prácticamente se han perdido “como ocurre con muchísimas otras tradiciones, hemos perdido el hilo conductor. Ya no sabemos por qué se hacía, no sabemos dónde está el principio de todo, pero con saber que las hogueras nos conectan con nuestra raíz, que tienen que ver con el principio de nuestra cultura, yo casi me doy por satisfecho”, afirma.
Y es que fuego y hoguera eran sinónimos de celebración, siempre han estado asociados a grandes celebraciones. “Conectan con los ritmos solares, con el culto al sol, la hoguera ha sido siempre una muestra que permite interpretar la importancia de una celebración. Cuando en los siglos pasados nacía un príncipe y el pueblo se enteraba, se hacia una gran hoguera esa noche”, explica.
Hogueras que todavía se mantienen en el medio rural, con pueblos en los que la tradición es muy fuerte y que en la capital se ha reducido a una única hoguera, la del barrio del Zurguén.
La noche de San Juan también es una noche de augurios, de llamar a la buena fortuna. Así, era costumbre que las mozas buscaran su reflejo en el agua a las doce de la noche, no para ver su cara, sino la del mozo que iba a ser su futuro marido. También el agua está presente como símbolo purificador a través del baño. “La mañana de San Juan era el momento en el que se bañaba a los animales, la gente se revolcaba en el rocío de la hierba o se lavaban en las fuentes. Se creía que lavarse esa mañana protegía a la persona de enfermedades durante el resto del año”, explica y ahí entendemos la tradición en los pueblos de costa de bañarse en el mar a las doce de la noche.
Y si importante es la noche, vemos que también lo es la mañana de San Juan. Además de los ritos con el agua, la mañana de San Juan era “la mañana principal para recoger hierbas con propiedades medicinales”, explica y añade que había otros rituales como el quitar a los niños una hernia, algo que solo podía hacerse en la mañana del 24 de junio siguiendo unos pasos muy concretos: los padres entregaban al niño herniado a un hombre que se llamara Juan y a una mujer llamada María. Estos tronchaban, sin llegar a partir del todo una rama en un árbol y pasaban al niño junto a la rama tronchada diciendo unas palabras. Después vendaban la rama y si no se secaba, el niño se curaba.
Y ya, entrando en los mitos de Salamanca no podemos olvidar a las moras encantadas. “En nuestra tierra ha tenido una larguísima tradición. Son seres místicos que también están muy presentes en Galicia, Portugal, Zamora y León. En Salamanca son muy comunes por las sierras, la zona de Campo de Argañán y Las Arribes” asegura. Es una creencia antigua que dice que las moras encantadas se aparecen en la mañana de San Jan a los mozos, a los que invitan para que les ayuden a romper el maleficio. Solamente se manifiestan en la mañana del 24 de junio.




