Conocí a Agustín Salgado (Arabayona de Mógica, 1932 - Barcelona, 2020) en el Palacio de Anaya. Ricardo Senabre me había encomendado que prologara dos de sus novelas (Tierra desolada y El horcajo) y le pareció adecuado que nos encontráramos en una de sus visitas a Salamanca. Él vivía en Barcelona, donde había trabajado y se había asentado su familia. Nos hicimos amigos y charlamos en muchas ocasiones de literatura, de política, de los hijos y de tantas cosas. Agustín tenía el verbo apasionado, una mentalidad abierta y un carácter cordial. Era un hombre bueno, afectuoso y apacible en el que era fácil confiar. Había vivido mucho y tenía, como todos los miembros de su generación, una larga y honda experiencia. Su vida se había desarrollado en los tiempos difíciles de la guerra, la posguerra y la dictadura, más difíciles aún cuando se abordaban desde una ideología de izquierdas como la suya y un claro compromiso social. Por eso sufrió la censura en algunos de sus primeros relatos, y por eso dejó de publicar en Ínsula y empezó a hacerlo en revistas mejicanas.
Agustín era un enamorado de El Pedroso, pueblo de la provincia de Salamanca en el que tenía casa y raíces muy profundas. En él, o en Arabayona, pasaba algunas temporadas, aunque en los últimos años se vio obligado a espaciar aquellos viajes por motivos de salud. Sus hijos, atentos a las necesidades emocionales de los padres (me resulta difícil hablar de Agustín sin mencionar a Manoli) cumplían la misión de acercarles al pueblo en sus últimas visitas. Cuando estaba en la Armuña y aún tenía energía, venía a Salamanca y trabajaba en archivos y bibliotecas buscando datos que después trasladaba a sus libros. Era un magnífico cronista y tenía una memoria vivísima. También una enorme capacidad para contar. Fruto de todo ello son sus novelas (Tierra desolada, El horcajo y La grama) a las que debe su mayor reconocimiento, y sus ensayos sobre El Pedroso, Arabayona y el cristo de Hornillos, así como sus libros de cuentos. El último de ellos, Del color de la lluvia y otros relatos, de 2016, es buen reflejo del gran escritor que era. Amicus, sit tibi terra levis.
Ascensión Rivas
Catedrática de Teoría de la Literatura en la Universidad de Salamanca




