Hace unos meses, TVE estrenó la película Asesinato en la Universidad, grabada en Salamanca, que narra un hipotético crimen ocurrido en el siglo XVI cuya investigación lleva a cabo cinco siglos después una historiadora, personificada por la actriz Leonor Watling.
Aunque pueda parecer increíble en 2019, sí que tuvo lugar un crimen en la Universidad de Salamanca. Bueno, en realidad fueron dos. Aunque para recordarlo no hace falta viajar en un DeLorean hasta la época de Fray Luis de León. Ocurrió en fechas mucho más recientes, a comienzos del siglo XX.
Cuando amanecía el siglo XX, España tenía poco que celebrar, ya que acababa de perder sus últimas posesiones coloniales. El régimen establecido desde la Restauración, que alternaba en el poder a los partidos liberal y conservador, hacia aguas ante la pujante fuerza de los nuevos partidos republicanos y anarquistas aupados con el movimiento obrero. Cánovas del Castillo, figura capital de la política española del tercio final del siglo XIX, había sido asesinado por un anarquista algunos años antes. Las calles eran un polvorín.
La situación convulsa del país también se dejaba ver en el ambiente estudiantil, y el Gobierno de Francisco Silvela reprimía diariamente con dureza las manifestaciones. Al ministro de Gobernación, Antonio Maura, que meses después sucedería al propio Silvela, comenzaron por entonces a llamarle en la prensa "Antonio Mauser", como la popular fábrica de armas de fuego.
La Salamanca de 1903 poco tenía que ver con una urbe moderna. Era una pequeña ciudad de edificios rodeados de "casuchas tísicas y callejuelas anémicas", tal y como dijo Unamuno. Carecía de alcantarillado y sus calles no estaban pavimentadas. Conservaba grandes e importantes inmuebles de otras épocas, pero rodeados de chabolas. Salamanca tenía una importante tasa de mortalidad entre su población y la Universidad había visto muy diezmados los estudios que ofertaba. La capital era el reflejo de lo que ocurría a lo largo y ancho del país. La decadencia de lo que fue un imperio y la represión que se vivía en las calles.
Sin embargo, la anémica situación salmantina no hacía presagiar lo que iba a ocurrir en la ciudad a comienzos de abril de aquel año.
Los sucesos de Salamanca
José Mariano Laita y de la Rica era un estudiante mas de Derecho de la Universidad de Salamanca. En la noche del martes 31 de marzo de 1903, discutió con otro joven, en un encontronazo en plena calle que acabó a golpes. Fueron detenidos y poco después puestos en libertad, según publicaron los diarios de la época, aunque citados para testificar al día siguiente en el Gobierno Civil ante el inspector de vigilancia, un hombre llamado Serapio Benito que cobraría importancia desde ese mismo momento.
En este punto, las versiones de los periódicos difieren. Según El Lábaro, a la salida de dar testimonio de lo ocurrido, Laita se puso a canturrear, algo que sentó muy mal al señor Benito, que llegó a golpearle y a ordenar su ingreso en el calabozo. Para El Adelanto, como estudiante de Derecho que era, Laita trató de dirigir el trabajo y hacerle sugerencias a Benito y los ánimos se calentaron. Sea como fuere, el inspector abofeteó al estudiante y lo confinó a dormir en una celda, y la noticia de lo ocurrido en el Gobierno Civil corrió como la pólvora por las polvorientas calles de Salamanca. Los estudiantes consideraron que era un atropello intolerable en un clima de continuas protestas universitarias en toda España e iniciaron movilizaciones.
"Estos sucesos llegaron muy pronto a saberse en la Universidad, e inmediatamente se nombró una comisión de estudiantes que visitase al señor Gobernador y pidiera un correctivo para el Inspector. Según nuestras noticias, que tenemos por exactas, la comisión no fue muy bien recibida por el señor Velasco, quien se negó a atender su petición", publicó El Adelanto del jueves 2 de abril de 1903.
Los ánimos se encresparon en gran medida el 1 de abril y comenzaron las protestas públicas de los estudiantes en las calles, solicitando el cese inmediato del inspector de vigilancia. Los estudiantes se fueron reuniendo y su algarada provocó las primeras cargas de las fuerzas del orden en las inmediaciones del Gobierno Civil, en la plaza de Anaya. "La plaza de Anaya estaba totalmente ocupada por estudiantes y gran número de curiosos. La actitud agresiva de los guardias excitó los ánimos, y algunos escolares comenzaron a arrojar piedras sobre el edificio del Gobierno y los agentes de seguridad. Estos, con los municipales, sable en mano, dieron una carga sobre los manifestantes, que parapetándose en las esquinas y encrucijadas de las calles de la Estafeta, de Libreros, la Rúa y la Catedral, defendíanse a pedradas de los guardias, que recibieron sobre sí gran número de proyectiles, resultando contusos y heridos algunos, entre ellos el segundo jefe de vigilancia. Los estudiantes tuvieron agilidad y destreza para librarse do los sablazos", siguió contando El Adelanto de aquel 2 de abril.

Las protestas se trasladan a las puertas de la Universidad
Como los efectivos municipales dirigidos por Serapio Benito poco podían hacer contra los más de cuatrocientos estudiantes que se daban cita en la calle, fue movilizada una compañía de la Guardia Civil y un piquete de caballería. Tras una noche de calma tensa, al día siguiente, el enfrentamiento entre manifestantes y fuerzas del orden continuó en Libreros y llegó al Patio de Escuelas, a las puertas del Edificio Histórico de la Universidad. "El señor rector Unamuno presentóse en la plaza de Anaya y logró que los estudiantes se dirigieran al Paraninfo de la Univorsidad, dónde aconsejó a los escolares que depusieran su actitud. El catedrático de Filosofía y Letras, señor Miral, los habló en el mismo sentido; pero ni uno ni otro lograron sus própositos".
Numerosos estudiantes penetraron en la Universidad y, tal y como cuentan las crónicas, la Guardia civil se desplegó y cargó los fusiles. "Los sustos producidos han sido muchos y muy grandes. Una señora, madre de un estudiante, sufrió un desmayo al ver a su hijo en la manifestación", contaba a sus lectores el cronista de El Adelanto, testigo de la batalla urbana.
Los guardias a caballo penetraron en el claustro de la Universidad y siguieron lloviendo las piedras. Así, desde el patio, retumbó la primera descarga de fusiles contra las ventanas interiores del claustro.
El primero en morir como consecuencia de los disparos realizados en el interior del Edificio Histórico fue Federico García Gómez, alumno de la preparatoria de la Facultad de Derecho. Después, en el Patio de Escuelas, se descubrió también el cuerpo de Hipólito Vicente, estudiante de segundo de Medicina. Hubo centenares de heridos por balazos y golpes de sables. A alguno de ellos le atravesaron la capa cuatro balazos de Mauser. La escabechina fue tremenda, según las crónicas, y pronto conocida en la capital del Reino.
Más escaramuzas y un terrible vaticinio
"Cuando se dirigía a la imprenta esta manaña uno de nuestros redactores, alumno de la Facultad de Medicina, se encontró con un niño de seis años, hijo de un guardia civil y le preguntó: ¿Tienen ustedes hoy manifestación? Al contestarle afirmativamente, replicó el niño: ¡pues habrá muertos! Los presagios del niño, hijo del guardia civil, se han cumplido desgraciadamente", indicaba El Adelanto, que afirmaba que se trataba de un indignante suceso que parecía "preparado".
La durísima represión contra los estudiantes salmantinos recorrió España entera y llenó la ciudad de condolencias y demostraciones de duelo. El Ayuntamiento condenó, reunido de urgencia, lo ocurrido, y una delegación viajó rápidamente a Madrid para pedir explicaciones y depurar responsabilidades. El ministro de la Gobernación cesó al gobernador de Salamanca.
El claustro de la Universidad también pidió el cese del comandante de la Guardia Civil que había dirigido la represión contra sus estudiantes. Universidad y Ayuntamiento se ofrecieron para costear el entierro de los dos estudiantes asesinados. Una multitud despidió los cuerpos desde la plaza de Anaya. A la llegada al cementerio, numerosos obreros solicitaron a los estudiantes relevarles y portar ellos los dos ataudes hasta la sepultura. Movimiento estudiantil y movimiento obrero se fundieron en el dolor de la muerte por las calles de Salamanca. Alfonso XIII manifestó por carta encontrarse "apenadísimo" por lo sucedido.
Carta de Unamuno y final de Serapio Benito
El Inspector Serapio Benito fue cesado fulminantemente y, en su salida de Salamanca, las crónicas afirman que fue sorprendido por unos chiquillos y llevado a empujones a la Plaza Mayor. Sin embargo, unos pocos ciudadanos lograron salvarle la vida de la furia ciudadana y ponerle a salvo en la Farmacia de Urbina. Con la oscuridad de la noche se le perdió la pista. Nunca regresó.
"El Claustro general extraordinario de esta Escuela se ha reunido y ha tomado sobre sí, por acuerdo unánime, el doloroso deber de exigir las reparaciones y responsabilidades conducentes. Yo, que sólo tengo recibidas de vosotros pruebas de cordura y que he visto esta misma mañana cómo cesábais en vuestra actitud con sólo mi presencia, y sin más arma que ella, os ruego depongáis toda actitud revanchista y confiéis en nosotros, vuestros profesores, que como a hijos os consideramos, y que tomamos como nuestra la ofensa que habéis recibido. Retiraos a vuestras casas, ya que mañana mismo, Viernes de Dolores, empiezan aquí por antiquísima costumbre las vacaciones de Semana de Pasión. Vuestro Rector, Miguel de Unamuno", fue la carta que el rector dirigió a los estudiantes y que fue repartida en pasquines por las calles de una enlutada Salamanca.
En mayo de 1909 se erigió un monumento en la plaza de la Libertad para recordar la muerte de los dos estudiantes que murieron en la Universidad por los sucesos de abril de 1903. El monumento fue desmontado en 1936, año en el que dio comienzo la Guerra Civil. El Edificio Histórico de la USAL, repleto de inscripciones y recuerdos en memoria de distintas figuras históricas y políticas, carece de un recuerdo para Federico García Gómez e Hipólito Vicente, los dos primeros estudiantes "indignados" de la Institución Académica.




