La violencia ya no siempre se reconoce cuando aparece. Esa es la principal alerta que deja TransfórmaT, un proyecto desarrollado este curso por la Fundación Plan B con 350 estudiantes de Villamayor, desde 3º de Primaria hasta 2 de ESO. Tras meses de talleres participativos, el diagnóstico es claro: a medida que avanza la adolescencia, disminuye la capacidad para identificar determinadas conductas violentas y aumenta su normalización.
“Lo que más nos sorprendió fue comprobar que tenían muchas dificultades para distinguir qué era violencia y qué no. En la infancia suelen identificar mejor esas conductas, pero durante la adolescencia empiezan a justificar dinámicas que antes rechazaban”, explica Leticia Torres, educadora en el programa Conecta con tu Barrio de Fundación Plan B.
El cambio se aprecia especialmente en las relaciones de pareja. Mientras los alumnos de Primaria consideran inaceptable controlar el móvil o decidir con quién puede hablar la otra persona, en Secundaria comienzan a aparecer argumentos que lo justifican. “Intentan encajar dentro del grupo y muchas veces reproducen conductas que ven normalizadas. La violencia física suele rechazarla casi todo el mundo, pero sigue costando mucho entender que la violencia psicológica también es violencia de género”, refiere Leticia.
La normalización no termina ahí. Durante las sesiones, muchos adolescentes defendían que entre amigos los insultos, las burlas e incluso los golpes forman parte de la confianza. “Nos decían que cuanto más amigos son, más normal es pegarse o insultarse”, relatan desde la Fundación Plan B. El verdadero problema aparece cuando se les pregunta dónde está el límite. Ahí llegan las dudas.
“A veces es muy complicado hacerles ver cuándo una broma deja de serlo. Por eso es importante sacarles de su contexto habitual y ayudarles a reflexionar desde otra perspectiva”, explica la educadora.
Otro de los focos de preocupación apareció casi sin buscarlo. Al hablar sobre educación afectivo-sexual, fueron los propios estudiantes quienes comenzaron a contar que el contenido pornográfico aparece en su día a día sin necesidad de buscarlo. TikTok, YouTube, videojuegos o aplicaciones de mensajería fueron algunos de los canales que mencionaron.
“Ellos no buscan pornografía. La pornografía llega a ellos”, resume la responsable del proyecto. Según explica, la edad media del primer contacto ronda ya los ocho años y muchos terminan utilizándola como referencia para entender la sexualidad.
“Eso favorece la normalización de la violencia sexual. Cuando empezamos a analizar esos contenidos en clase se sorprendían porque nunca se habían parado a pensar qué estaban viendo realmente. Para ellos es una conversación completamente habitual”, continúa Leticia.
La Fundación Plan B llevaba años trabajando en Villamayor cuando detectó que estas situaciones se repetían con demasiada frecuencia. Aquella experiencia coincidió con la posibilidad de acceder a financiación europea y dio lugar a TransfórmaT.
“Veíamos que muchos chavales normalizaban la violencia en distintos ámbitos y sentimos que había que intervenir de una forma más específica. Aprovechamos ese bagaje y nació el proyecto”, relata.
Pese a las conclusiones, el balance es optimista. Al finalizar los talleres, la mayoría del alumnado era capaz de reconocer distintas manifestaciones de la violencia y de identificar el respeto, la igualdad y el buen trato como la base de unas relaciones saludables.



