La agricultura en Salamanca y en España, en conjunto, es una de las actividades económicas más importantes. De los cultivos depende en gran parte nuestra subsistencia, también nuestra salud.
Lastimosamente el oficio del agricultor es uno de los trabajos que va quedando sin relevo generacional. Ya nadie quiere vivir la dureza del campo. Sin embargo, todavía hay un halo de esperanza: la tecnología.
Las competencias digitales son la única opción para captar la atención de los jóvenes y para que miremos el futuro del campo con esperanza.
Ana Isabel González Hernández, miembro del área de producción vegetal de la Universidad de Salamanca, cuya línea de investigación se centra en el estudio de la aplicación de compuestos bioestimulantes, bioherbicidas e inductores de resistencia en cultivos en un marco de bioeconomía circular y sostenibilidad, es una de las muchas investigadoras que trabaja para ofrecer soluciones reales, sostenibles y eficientes para que la agricultura siga siendo una actividad de gran importancia, con cultivos que produzcan alimentos de calidad.
En la semana en la que se ha celebrado el Día Mundial de la Agricultura, desde la Universidad de Salamanca se ha rendido un pequeño homenaje a la que es una de las actividades más antiguas del mundo.
Aprovechando el escaparate de la feria de Salamaq, Ana Isabel junto a su equipo llevaron a cabo el taller ‘Conociendo la biodiversidad de los cultivos de nuestra tierra’. El objetivo era “dar a conocer y poner en valor nuestro patrimonio agrícola”.

La demostración que se hizo tenía como fin acercar el patrimonio agrícola de Salamanca a toda la sociedad. Para ello, con una muestra representativa de semillas pertenecientes a la colección de variedades hortícolas que conserva el Área de Producción Vegetal de la Universidad de Salamanca, se puso en valor cada una de las variedades tradicionales recabadas a lo largo del trabajo de campo que viene realizando el grupo de Ana Isabel González. Para que fuera más participativo se organizó un juego con una ruleta donde los asistentes debían relacionar cada cultivo con su semilla, una forma de conectar al público con el origen de sus alimentos.
Preguntada por la variedad de especies vegetales que hay en la provincia salmantina, la investigadora declara: “Salamanca es una provincia muy rica desde el punto de vista botánico y agronómico. Su heterogeneidad geográfica y climática, con microclimas que van desde la sierra hasta las Arribes o la dehesa, favorece una enorme variedad de especies. Además, contamos con variedades locales de un valor incalculable, adaptadas durante muchos años a nuestro suelo y clima, que son clave para la resiliencia de los cultivos y la sostenibilidad del territorio”.
En Salamanca se combinan dos realidades agrícolas complementarias:
- Los cultivos de gran extensión que definen nuestra meseta: los cereales de invierno, el maíz, la patata y nuestras legumbres con identidad propia, como la Lenteja de la Armuña o el Garbanzo de Pedrosillo.
- Variedades autóctonas únicas que se encuentran en la Sierra y Las Arribes: los viñedos de uva Rufete y Juan García, junto a olivares y frutales tradicionales y las variedades hortícolas autóctonas que se han cultivado históricamente.
Cuando se habla de biodiversidad de cultivos es fácil que se venga a la cabeza la agricultura orgánica, aunque son conceptos que no necesariamente tienen que ir unidos.
“La biodiversidad de cultivos es un concepto agronómico mucho más amplio, que va más allá de un modelo de agricultura específico. Se refiere a la variedad de especies, variedades locales y secuencias de plantas o cultivos que elegimos para implantar en una tierra. Es cierto que la agricultura orgánica promueve intensamente esta diversidad, pero la diversificación de cultivos, las rotaciones y el uso de variedades autóctonas son herramientas valiosas e indispensables para cualquier tipo de agricultura, ya sea convencional, integrada o ecológica, porque benefician directamente a la salud del suelo y a la resiliencia de las explotaciones”, explica.

En cuanto a la agricultura orgánica, también llamada ecológica, la investigadora de la USAL subraya que “es un modelo de producción basado en trabajar a favor de la biología del suelo y los ciclos naturales, evitando el uso de fertilizantes químicos de síntesis, pesticidas sintéticos y organismos modificados genéticamente. Se apoya en prácticas como el compostaje, la fertilización orgánica, las rotaciones de cultivo y el uso de cubiertas vegetales”.
Los principales beneficios que tiene de cara al campo son: frenar la erosión, regenerar la materia orgánica y mantener la vida microbiana del suelo, lo que permite mejorar las propiedades del suelo.
Con respecto a los beneficios que genera de cara a la salud humana, Ana Isabel señala: “Por un lado, elimina la presencia de residuos fitosanitarios en los alimentos que consumimos. Por otro, hay estudios que indican que, al cultivar en suelos biológicamente activos y ricos en nutrientes, las plantas sintetizan mayor concentración de compuestos antioxidantes, vitaminas y minerales esenciales, ofreciendo alimentos más ricos a nivel nutricional y más seguros”.
El impacto positivo de estos beneficios ya se está percibiendo, según explica: “En el laboratorio medimos cómo el uso de enmiendas orgánicas, fertilizantes orgánicos y cubiertas vegetales repercuten en la producción vegetal y en el suelo. En el campo, esto se puede traducir en suelos más sanos, cultivos más resistentes frente al cambio climático y alimentos con una calidad nutricional superior”.
En nuestros días, la agricultura ecológica representa la evolución natural y científica de la agricultura tradicional de nuestros abuelos. Ahora, con el conocimiento científico que se tiene sobre la microbiota del suelo, la bioestimulación y la ecología, se puede dar respuesta a los retos actuales.
En este aspecto, esta investigadora de la USAL confiesa que los consumidores tenemos “un poder enorme”. De hecho, apunta a que la compra que hacemos es una decisión sobre el tipo de agricultura que queremos apoyar y que podemos contribuir en varios aspectos que ella cita: consumiendo el producto de cercanía y de temporada, comprar el producto de variedades tradicionales de nuestra tierra o diversificando la cesta de la compra.
El papel que juega la Universidad de Salamanca en la investigación de la agricultura es primordial. De hecho, actúa como un “aliado estratégico” del campo salmantino.

El grupo de investigación del que forma parte Ana Isabel se encarga de estudiar el efecto de insumos sostenibles en agricultura y preservar las variedades tradicionales, “demostrando que la innovación científica es la mejor garantía para conseguir una agricultura con futuro, competitiva y ligada a nuestra tierra”.
A mayores, desde el Área de Producción Vegetal tienen en marcha proyectos centrados en la economía circular, inductores de resistencia y bioestimulantes y en la conservación de la agrobiodiversidad:
- Economía circular, inductores de resistencia y bioestimulantes: “Investigamos sobre la producción y el uso agronómico de compost, vermicompost y otros insumos de origen orgánico tanto en cultivos extensivos como intensivos, así como la optimización en la producción y caracterización de tés de compost o vermicompost. Además, desarrollamos y evaluamos nuevos productos sostenibles (como extractos y bioproductos sólidos elaborados a partir de residuos vegetales) con potencial actividad fertilizante, bioestimulante, bioherbicida o fitosanitaria que permiten reducir la dependencia de insumos químicos. En esta línea, actualmente soy investigadora principal de un proyecto financiado por la Fundación BBVA titulado ‘Estrategias para mejorar la calidad y resiliencia del suelo mediante la aplicación de prácticas sostenibles en agricultura (SOILCOMPOMULCH)’”, explica.
- Conservación de la agrobiodiversidad: “Trabajamos activamente en la recuperación y caracterización de variedades tradicionales de cultivos. Nuestro objetivo es rescatar este patrimonio genético local para evaluar su calidad y adaptación, garantizando que no se pierdan y que vuelvan a tener un lugar en nuestros campos”.
Como destacábamos al inicio del reportaje, la tecnología en nuestros días es clave para retener en el campo el talento más joven.
En este caso, Ana Isabel admite que “la tecnología está transformando la imagen del sector agrícola y es un catalizador clave para el relevo generacional. El campo ya no se percibe solo como un trabajo de esfuerzo físico, sino como un sector altamente profesionalizado, tecnológico y fundamentado en la ciencia. La combinación de tecnologías digitales (agricultura de precisión, sensorización, monitoreo de agua y suelos) con las biotecnologías verdes (como el uso de compost, tés microbianos y bioestimulantes) debe servir de motivación para la incorporación de jóvenes agricultores. Les permite tomar decisiones basadas en datos, optimizar recursos, mejorar la rentabilidad de sus explotaciones y, al mismo tiempo, ejercer una agricultura sostenible”.
Finalmente, esta investigadora de la USAL asegura que “la tecnología hace que el futuro del campo sea esperanzador y atractivo para las nuevas generaciones”.



