Cada verano se repite el mismo patrón y los ahogamientos vuelven a teñir de negro las estadísticas estivales y, aunque cada caso tiene sus particularidades, detrás de la mayoría de ellos hay un denominador común: la imprudencia. Así lo resume Alberto Retuerto, presidente de la Federación de Salvamento y Socorrismo de Castilla y León (FECLESS), que lleva años analizando cómo se producen estos accidentes y qué puede hacerse para evitarlos.
“El mayor número de ahogamientos ocurre en lugares donde no hay vigilancia”, explica. Ríos, embalses o pozas naturales concentran buena parte de los rescates y también de las víctimas mortales. Son escenarios que transmiten una falsa sensación de tranquilidad, pero esconden riesgos que cambian de un día para otro. Una corriente más fuerte, un desnivel inesperado o un fondo diferente pueden convertir un baño aparentemente inofensivo en una situación límite.
La secuencia suele repetirse. Quien entra en el agua no percibe el peligro hasta que ya es demasiado tarde. “No somos conscientes del riesgo. Además, hace veinte o treinta años era mucho más habitual que la gente supiera nadar, y eso también influye”, señala Retuerto. A su juicio, se ha perdido parte de esa cultura de respeto hacia el medio acuático.
Cuando llega el aviso, el tiempo corre en contra. Antes de lanzarse al agua, los socorristas analizan la escena. No es lo mismo intervenir en una piscina que en un río. En una piscina el rescate suele hacerse directamente, pero en aguas abiertas la prioridad es mantener la distancia utilizando una boya de rescate o cualquier material que aporte flotabilidad. El motivo es claro: una persona que se está ahogando actúa por instinto y puede agarrarse con tal fuerza al rescatador que ambos terminen hundiéndose.
Uno de los mayores enemigos en estos casos es el silencio. El cine ha instalado la imagen de víctimas gritando y agitando los brazos desesperadamente, pero la realidad es otra muy distinta. “El ahogamiento suele ser silencioso”, advierte Retuerto. No hay grandes chapoteos ni llamadas de auxilio. Apenas movimientos descoordinados o una persona que permanece demasiado tiempo inmóvil en el agua. Son detalles que muchas veces solo percibe alguien que observa con atención.
A ese cóctel se suman conductas de riesgo que se repiten verano tras verano. Ignorar las banderas, lanzarse al agua tras horas de exposición al sol o hacerlo después de consumir alcohol son algunas de las más habituales. “El alcohol reduce la percepción del peligro y la capacidad de reacción. También hay que tener cuidado con la hidrocución al entrar de golpe en agua fría”, recuerda.
La falsa seguridad también tiene forma de flotador. Muchos padres confían en manguitos o flotadores hinchables que, en realidad, no son elementos de salvamento. “Un menor nunca debería estar a más de un brazo de distancia de un adulto”, insiste. Si necesita ayuda para mantenerse a flote, la recomendación es utilizar un chaleco salvavidas homologado.
Cuando un testigo presencia un posible ahogamiento, el impulso suele ser lanzarse al agua. Sin embargo, esa decisión puede multiplicar el número de víctimas. La recomendación es avisar inmediatamente al socorrista o al 112 y, solo si se tienen conocimientos y es posible hacerlo sin ponerse en peligro, acercar a la víctima un objeto que flote, como una boya o un churro de piscina. Evitar el contacto directo puede ser la diferencia entre un rescate y una doble tragedia.
Retuerto cree que la sociedad sigue infravalorando el riesgo que supone el agua, especialmente en los espacios naturales. “Nuestra naturaleza no es el medio acuático”, recuerda. Por eso insiste en que la prevención empieza mucho antes de llegar a la orilla: aprender a nadar, elegir zonas vigiladas y entender que el agua, por muy tranquila que parezca, nunca deja de ser imprevisible.
Porque en la mayoría de los ahogamientos no hay un único instante fatal. Hay una cadena de pequeños errores que termina rompiéndose cuando ya no queda margen para reaccionar. Y esa cadena, concluye el presidente de FECLESS, casi siempre puede evitarse antes de entrar en el agua.




