En las vitrinas de una de las salas del instituto Fray Luis de León descansan animales llegados de otros continentes, insectos conservados en frascos de vidrio, fósiles, minerales y modelos anatómicos que permiten asomarse a la forma en la que se enseñaban las ciencias hace más de un siglo. Algunos muestran sus cuerpos completos; de otros, como un cocodrilo o un flamenco, solo se conserva la cabeza. Todos forman parte de una colección que ha atravesado generaciones de estudiantes y profesores.
El encargado de acompañar ese legado en el presente es Juan Luis, profesor de Biología desde 2004 y docente en este centro desde hace cuatro cursos. Cuando llegó, se encontró con un conjunto de materiales didácticos que despertó su interés y al que decidió dedicar tiempo y esfuerzo, siguiendo la labor de los compañeros que antes que él habían trabajado para mantenerlo. Lo que inicialmente podía parecer un conjunto de piezas antiguas guardadas en vitrinas se convirtió en una parte de la historia del instituto y en una oportunidad para comprender cómo ha evolucionado la enseñanza de las ciencias naturales.
"Me pareció algo interesante y me he dedicado a fondo a ello, al igual que el resto de los compañeros que han estado aquí", explica. Su trabajo se inscribe en una tarea colectiva que se prolonga durante décadas: conservar los ejemplares, reunir información sobre su procedencia, adaptar los espacios para mostrarlos y encontrar maneras de que el alumnado siga aprendiendo con ellos. Porque el valor de esta colección no reside únicamente en su antigüedad, sino también en que todavía permite establecer un vínculo entre quienes estudiaron en el centro hace generaciones y quienes recorren hoy sus pasillos.
Una historia que comienza en 1845
Para entender cómo han llegado hasta el instituto estos materiales hay que retroceder hasta 1845, año en el que se creó el Instituto de Segunda Enseñanza de Salamanca, el primero de la provincia. Estos centros nacieron para ofrecer una etapa educativa intermedia entre la enseñanza básica y la universidad, y el salmantino estuvo inicialmente vinculado a la propia Universidad de Salamanca.
El instituto se instaló primero en el Patio de Escuelas Menores y después cambió de ubicación en varias ocasiones, pasando por el edificio de los jesuitas y por el antiguo Trilingüe, donde se encuentra actualmente la Facultad de Física. Su último traslado lo llevó al edificio que ocupa hoy, en el curso 1974-1975. Un recorrido que también ayuda a explicar la historia de sus materiales científicos, algunos de los cuales procedían del antiguo Gabinete de Historia Natural, compartido por el instituto y la universidad.
Cuando ambas instituciones separaron sus caminos, parte de los materiales se repartió entre ellas. Desde entonces, las piezas han pasado por diferentes espacios y etapas, en un proceso del que no siempre se conserva toda la información. Juan Luis considera que algunos ejemplares pudieron deteriorarse durante esos años, mientras que la colección también se fue ampliando con nuevas incorporaciones.
Entre las piezas que llegaron al centro hay donaciones vinculadas a personas que mantuvieron alguna relación con la universidad o con el instituto. El profesor recuerda a Ical, por ejemplo, la aportación de alguien que fue obispo en La Habana y rector de un colegio mayor en Salamanca. Otros ejemplares se incorporaron posteriormente y contribuyeron a completar un conjunto concebido para explicar la diversidad de la naturaleza.
La importancia que alcanzaron estos recursos didácticos queda reflejada en un detalle de la historia del centro: durante una etapa, el instituto llegó a tener un taxidermista en su plantilla. Una figura especializada que permitía trabajar directamente con los animales y preparar ejemplares para su utilización educativa. Hoy esa tarea ya no se desarrolla en el centro, aunque la colección sigue requiriendo cuidados para evitar que el paso del tiempo termine por borrar lo que las generaciones anteriores consiguieron conservar.
Un museo detenido en el tiempo
La colección de animales naturalizados reúne alrededor de un centenar de ejemplares pertenecientes a unas 85 especies. Predominan los vertebrados y están representados animales de los cinco continentes, organizados en grupos que permiten mostrar a los alumnos diferentes características de la fauna.
La diversidad se aprecia en las vitrinas, donde conviven piezas de distinta procedencia y tamaño. Hay animales que llaman la atención por sus dimensiones y otros que invitan a detenerse en detalles que podrían pasar inadvertidos a primera vista. Cada uno contribuye a construir una visión de conjunto de la historia natural, pero también cuenta una parte de la historia particular del instituto y de las personas que reunieron sus materiales.
Junto a ellos, el centro conserva ejemplares de cuerpo blando en frascos de vidrio y colecciones de insectos, además de fósiles, rocas y minerales. El patrimonio científico incluye también material de microscopía de principios del siglo XX y láminas y recursos anatómicos empleados en la enseñanza. Son herramientas que permiten observar cómo se transmitían los conocimientos antes de que las aulas dispusieran de los medios actuales.
Entre los objetos más singulares figuran varias maquetas fabricadas entre 1842 y 1884 por la casa del doctor Auzoux, un médico francés que desarrolló modelos anatómicos de papel maché. Ante la escasez de cadáveres para determinados estudios anatómicos, impulsó un sistema de reproducción que permitía trabajar con modelos ligeros, manejables y desmontables. La iniciativa se extendió después a la anatomía animal, además de la humana.
El instituto conserva, entre otros, un caracol y un panal de abejas realizados con esta técnica. Las piezas pueden abrirse para descubrir sus estructuras internas y volver a montarse, de manera que el aprendizaje no se limita a observar una figura exterior. En ellas, el detalle de la anatomía se convierte en una herramienta para explicar cómo están organizados los seres vivos.
Las abejas que esconden un universo
Si Juan Luis tuviera que elegir una pieza entre todas las que forman parte del conjunto, se quedaría con el panal de abejas. No es necesariamente el ejemplar más grande ni el que más impresiona desde lejos, pero su riqueza de detalles le ha convertido en uno de sus favoritos.
La maqueta permite observar por separado los tres individuos de la colmena, la reina, la obrera y el zángano y descubrir la anatomía interna de cada uno. Su elaboración muestra hasta qué punto estos modelos fueron concebidos para explicar los procesos naturales de una manera visual y comprensible, con la posibilidad de desmontar las partes y examinarlas con detenimiento.
"Me parecen maravillosas", afirma el profesor al referirse a estas maquetas. En el caso de las abejas, ese interés fue más allá de la conservación de una pieza antigua. El curso pasado, el instituto organizó una exposición dedicada específicamente a ellas y orientada a la conservación de la biodiversidad, tomando el modelo como referencia para acercar al público la importancia de estos insectos.
La experiencia demuestra que un objeto histórico puede seguir teniendo utilidad más allá de su función original. La maqueta nació para facilitar la enseñanza de la anatomía y hoy permite abordar también la relación entre los seres vivos y su entorno. La colección no permanece, por tanto, al margen de las preocupaciones educativas actuales, sino que ofrece materiales con los que establecer conexiones entre el conocimiento científico y la conservación de la naturaleza.
Otra de las piezas que destaca Juan Luis es una cruciana procedente de la Sierra de Francia. Su interés por determinados ejemplares convive con la valoración del conjunto, en el que cada objeto puede servir para despertar una pregunta distinta. La colección ofrece así un recorrido por la diversidad natural, pero también por las distintas maneras de enseñar y aprender que han convivido en el instituto a lo largo de su historia.
Conservar para que la historia continúe
El tiempo no ha pasado sin dejar huella. Algunos ejemplares presentan alteraciones respecto a su estado original y no siempre es posible conocer con certeza qué ocurrió. Las visitas de personas que conocieron la colección en otras épocas han permitido recoger testimonios sobre piezas que antes se conservaban de otra manera. Entre ellas figuran un cocodrilo del que actualmente solo se mantiene la cabeza y un flamenco que también conserva únicamente esa parte del cuerpo.
Juan Luis reconoce que desconoce las causas concretas de esos cambios. Los sucesivos traslados pudieron contribuir al deterioro, aunque no hay información suficiente para establecerlo con seguridad. Esa falta de respuestas forma parte también de la historia del conjunto: hay detalles de su pasado que se han perdido y que solo pueden reconstruirse parcialmente a través de los materiales conservados y de los recuerdos de quienes los conocieron.
A los daños acumulados durante décadas se suman amenazas más cotidianas. Las polillas y la carcoma constituyen algunos de los principales riesgos para los ejemplares, por lo que se han instalado mosquiteras para impedir la entrada de insectos, especialmente durante la primavera, y se aplican tratamientos específicos para combatirlos. El agua representa otro peligro, ya que los animales naturalizados tienen estructuras interiores elaboradas con materiales como paja, algodón o papel.
El instituto sufrió una inundación durante el curso pasado y algunas piezas tuvieron que recibir atención después del incidente. Una experiencia que recuerda que la conservación no depende únicamente de la antigüedad de los objetos o de su valor histórico, sino también de unas condiciones adecuadas de almacenamiento, exposición y mantenimiento.
Cada tipo de material requiere, además, cuidados diferentes. Los insectos conservados en seco necesitan unas condiciones distintas de los ejemplares de cuerpo blando, que antiguamente se mantenían en formol y cuyos líquidos se han sustituido por alcohol al 70 por ciento. Los animales naturalizados, por su parte, conservan la piel y presentan una estructura que permite reconstruir su aspecto y colocarlos en una posición natural.
La protección de las piezas exige, por tanto, una atención continuada y conocimientos específicos. El instituto ya no cuenta con un taxidermista que prepare nuevos animales, una función que dejó de tener sentido en el contexto actual. La tarea se centra ahora en preservar los ejemplares existentes y garantizar que puedan seguir utilizándose como recursos didácticos sin poner en riesgo su integridad.
El trabajo invisible de los profesores
La continuidad de la colección no se explica únicamente por las vitrinas o por las medidas de conservación. Detrás de ellas hay profesores que han dedicado tiempo a cuidar los materiales y a transmitir a sus alumnos la importancia de respetarlos. Juan Luis considera que ese empeño colectivo ha sido fundamental para que el conjunto haya llegado hasta el presente en las condiciones en las que se encuentra.
Los estudiantes conocen el valor de las piezas y participan en las actividades educativas que se organizan con ellas. Cuando se trata de materiales de los que hay suficientes ejemplares, como algunas rocas, minerales o muestras conservadas en frascos, pueden trabajar con una pequeña selección durante las prácticas de laboratorio. Otros objetos, por su singularidad, permanecen protegidos en las vitrinas y se observan durante las visitas a la sala-museo.
El objetivo es que la conservación no convierta el patrimonio en algo inaccesible, pero que su utilización tampoco comprometa su futuro. La colección funciona como un recurso de aprendizaje y, al mismo tiempo, como un conjunto histórico que requiere una atención especial. Entre ambos propósitos se mueve el trabajo cotidiano de quienes se encargan de mantenerla viva.
En 2019, el instituto fue declarado Instituto Histórico de Castilla y León, una distinción vinculada a la conservación, preservación y divulgación de los materiales que atesora. Desde entonces, el centro ha podido contar con recursos para mejorar los espacios expositivos y acondicionar las salas. Entre las actuaciones figura la instalación de vitrinas para los ejemplares y la adecuación de un antiguo laboratorio como sala-museo. La sala de geología recibió también nuevas vitrinas hace cuatro años, con dotación de la Dirección Provincial.
Un museo que también enseña a mirar
Aunque su función principal es servir de recurso educativo para los alumnos del instituto, la colección no está reservada exclusivamente a ellos. El centro participa en actividades de visita dirigidas a escolares de otros colegios e institutos de Salamanca a través de un convenio con la Fundación Salamanca Ciudad de Saberes, del Ayuntamiento de Salamanca.
Los grupos de quinto y sexto de Primaria y de primero y segundo de ESO pueden recorrer el museo en visitas de aproximadamente una hora. Una parte especialmente significativa de la actividad es que los propios estudiantes del instituto, después de prepararse durante varios años, se encargan de explicar los materiales a quienes llegan de otros centros. Divididos en grupos, los visitantes siguen las explicaciones y completan fichas de trabajo que les permiten profundizar en lo observado.
La colección se convierte así en un espacio de aprendizaje compartido. Los alumnos no solo conocen los ejemplares, sino que aprenden a explicarlos, a organizar la información y a transmitir a otros lo que han descubierto. El patrimonio deja de ser únicamente algo que se contempla y pasa a formar parte de una experiencia educativa en la que los propios jóvenes asumen un papel activo.
El instituto también abre puntualmente sus puertas al resto de la ciudad mediante visitas anunciadas en su página web y ha comenzado a organizar exposiciones temporales. Tras la dedicada a las abejas el curso pasado, la prevista para este año estará centrada en los moluscos. Iniciativas que permiten mostrar diferentes partes del fondo y acercar a nuevos públicos un conjunto que, de otro modo, podría permanecer oculto tras las vitrinas.
Casi dos siglos después de la creación del Instituto de Segunda Enseñanza de Salamanca, los animales naturalizados, las maquetas anatómicas y los materiales geológicos siguen cumpliendo una función que va más allá de su condición de objetos antiguos. Son testigos de una manera de enseñar las ciencias y, al mismo tiempo, herramientas para despertar la curiosidad de quienes se acercan a ellos.
Juan Luis ha encontrado en ese legado una tarea que combina la docencia con la conservación y la divulgación. No todas las piezas han llegado intactas ni se conoce cada detalle de su recorrido, pero el conjunto mantiene su capacidad para explicar, sorprender y plantear preguntas. Su continuidad depende ahora, como ha ocurrido durante generaciones, del cuidado de quienes entienden que conservar estos materiales no significa encerrarlos en el pasado, sino permitir que sigan formando parte de la educación del presente.



