Hay vocaciones que nacen de una mirada y acompañan toda una vida. La de Leonardo Neira, guardia civil salmantino de 95 años, comenzó en las calles de Parada de Rubiales, donde contemplaba con admiración a los agentes que recorrían su pueblo, en ocasiones montados a caballo. Aquellas imágenes quedaron grabadas en su memoria y terminaron convirtiéndose en el principio de una historia de servicio que, años después de su jubilación, sigue formando parte de quien es.
Este lunes, 12 de octubre, coincidiendo con la festividad de la Virgen del Pilar, patrona de la Guardia Civil, su trayectoria recibirá un reconocimiento. Una fecha especialmente significativa para alguien que ha dedicado buena parte de su vida al Cuerpo y que todavía recuerda con emoción los valores, los sacrificios y las amistades que marcaron su carrera.
Su historia es también la de una generación de guardias civiles que trabajó con pocos medios, recorrió caminos a pie o en bicicleta y pasó largas jornadas lejos de casa. Una época diferente, que él recuerda con nostalgia, sin olvidar las dificultades, pero poniendo en valor el compañerismo y la cercanía con los ciudadanos.

Un sueño que nació en Parada de Rubiales
Antes de vestir el uniforme, trabajaba en el campo. Era una labor dura, de mucho esfuerzo y escasa recompensa, que le hizo plantearse la posibilidad de buscar otro futuro. Sin embargo, la semilla de su vocación había germinado mucho antes, al ver pasar a los guardias civiles por las calles de su localidad.
“Siempre me gustó ver a los guardias civiles que pasaban por mi pueblo, Parada de Rubiales, en ocasiones a caballo, procedentes del Puesto de Villares de la Reina, con quienes en ocasiones entablábamos buenas conversaciones”, recuerda.
Aquellos encuentros cotidianos fueron despertando su interés por una profesión que acabaría definiendo su vida. También resultó decisivo el apoyo de un familiar: “Tenía un primo que era capitán de la Guardia Civil, que fue la persona que me animó a presentarme al examen”.
La oportunidad de prepararse llegó en unas circunstancias inesperadas. Una caída de un carro le provocó una fractura de clavícula y tuvo que guardar reposo. Durante aquella baja encontró el tiempo necesario para estudiar, con la ayuda de dos figuras importantes de su pueblo.
“Aprovechando una baja por la fractura de clavícula al caer de un carro, me puse en contacto con el maestro y el cura de mi pueblo, quienes me ayudaron a prepararme”, explica.
Así, entre el recuerdo de aquellos agentes a caballo, el apoyo de su familia y la ayuda de su maestro y del sacerdote, fue dando forma a un sueño que pronto dejaría de serlo.
De Alicante a Salamanca: una vida entre destinos
En 1960 salió de la Academia de El Escorial y comenzó su carrera en la 234 Comandancia de Alicante, en el puesto de Carrichal. Después de contraer matrimonio, fue destinado a El Pinar de la Horadada.
En 1963 llegó a Segovia, donde prestó servicio en Pedraza de la Sierra y Nava de la Asunción. Seis años después, tras ascender a cabo, su camino continuó en Asturias, en la Comandancia de Gijón, concretamente en el puesto de Posada de Llanera.
En 1973 solicitó regresar a Segovia, con destinos en Otero de Herreros y Santa María la Real de Nieva. En 1979, tras ascender a sargento, se trasladó a Guipúzcoa, al puesto de Especialistas Fiscales con base en San Sebastián.
Su recorrido profesional le llevó por diferentes provincias, paisajes y realidades, hasta que en 1981 pudo regresar a su tierra. En Salamanca fue comandante de puesto en Villar de Peralonso y, posteriormente, prestó servicio en el Núcleo de Servicios de la capital. Allí terminó su carrera profesional en 1986, después de 26 años en la Guardia Civil.
Una Guardia Civil de pocos medios y mucho compañerismo
Cuando habla de sus primeros años, la nostalgia aparece en sus palabras. No esconde que el trabajo era duro, que la disciplina era exigente y que los recursos disponibles distaban mucho de los actuales. Pero tampoco duda al recordar lo que aquella época le dejó.
“Tengo un gran recuerdo de mis primeros años en la Guardia Civil, realizando un trabajo muy duro y disciplinado, con pocos medios, pero en los que la sociedad nos apreciaba”, relata.
Y resume aquellos tiempos con una frase que condensa las dificultades y los buenos recuerdos: “La verdad que fueron unos años muy austeros, pero muy bonitos”.
El servicio se hacía muchas veces a pie o en bicicleta. Las jornadas podían prolongarse durante días y la vuelta a casa no siempre llegaba cuando estaba prevista. "Salíamos de servicio en bicicleta o a pie y en ocasiones no regresabas hasta el día siguiente o pasados dos o tres días", recuerda.
En aquellos recorridos, la colaboración de los vecinos y de los alcaldes resultaba fundamental. La relación con los pueblos y sus habitantes era una parte esencial del trabajo, en una época que él recuerda con menos problemas de delincuencia y con una fuerte unión entre compañeros.
"Mucho compañerismo y camaradería entre los compañeros", destaca al recordar aquellos años.
“Atender y ayudar al necesitado”
Después de tantos años, cuando se le pregunta qué le enseñó la Guardia Civil, no se limita a hablar de disciplina o de obligaciones profesionales. Su respuesta se centra en los valores que, según explica, le han acompañado durante toda su vida.
“Pienso que en la Guardia Civil nos inculcaron una serie de valores como el honor, la disciplina y el compañerismo que me ha acompañado durante la vida, por lo que siempre estaré muy agradecido y honrado de haber pertenecido al Cuerpo”, afirma.
También hace una valoración personal de su trayectoria, desde la humildad de quien considera que siempre hay margen para hacerlo mejor: “Creo que he intentado cumplir lo mejor posible con mi trabajo, procurando en primer lugar atender y ayudar al necesitado, respetando la ley”.
En esas palabras se encuentra la esencia de su mensaje. Para él, el trabajo de un guardia civil no consiste únicamente en hacer cumplir la ley, sino también en estar al lado de las personas cuando atraviesan dificultades.
Una enseñanza que sigue vigente a sus 95 años y que quiere transmitir a quienes hoy continúan vistiendo el uniforme.
La Virgen del Pilar, una devoción que permanece
El 12 de octubre siempre ha ocupado un lugar especial en su calendario. La festividad de la Virgen del Pilar era una de las jornadas más esperadas del año en los puestos donde estuvo destinado, una celebración que permitía compartir momentos de alegría y reforzar los lazos entre compañeros.
“La celebración de la Patrona siempre fue uno de los días más importantes del año, especialmente señalado en el calendario”, recuerda.
En todos los puestos en los que prestó servicio, la fecha se celebraba de manera especial. “Eran unos días especiales de mucha alegría en los cuarteles”, explica, evocando una tradición que formó parte de su vida profesional.
Su devoción no se ha apagado con el paso del tiempo. “Tengo el convencimiento de que la Virgen del Pilar protege a todos los guardias civiles y a ella siempre me he encomendado tanto en los buenos como en los malos momentos”, asegura.
Por eso, el reconocimiento que recibirá este 12 de octubre tendrá una carga emocional especial. En una fecha que durante tantos años simbolizó la unión con sus compañeros y su pertenencia al Cuerpo, su trayectoria volverá a ocupar el lugar que merece.
Un legado que continúa en su nieto
Su historia no termina con su jubilación. La vocación de servicio ha encontrado continuidad en su propia familia: su nieto pertenece a la Guardia Civil y representa la tercera generación vinculada al Cuerpo.
Es precisamente a las nuevas generaciones a quienes dirige uno de sus mensajes más personales. No les habla de ascensos ni de reconocimientos, sino de la importancia de encontrar satisfacción en el trabajo, actuar con honradez y no perder de vista a las personas a las que deben ayudar.
“Lo que le diría a las nuevas generaciones, entre las que se encuentra mi nieto, tercera generación de guardias civiles en la familia, es que sean felices en el trabajo en la medida de lo posible, honrados, buenos profesionales, que cumplan con su trabajo”, señala.
Y concluye con las palabras que mejor resumen toda su trayectoria: “Que no escatimen en la ayuda al ciudadano, que al fin y al cabo es la mayor satisfacción para un guardia civil”.
En esa recomendación también hay una herencia: la de transmitir a quienes vienen detrás que la verdadera medida de un profesional no está solo en cumplir con sus obligaciones, sino en hacerlo con humanidad.
El reconocimiento a una vida de servicio
Este lunes, 12 de octubre, a sus 95 años, este guardia civil salmantino recibirá un reconocimiento que enlaza su historia personal con una de las fechas más importantes para el Cuerpo al que perteneció durante 26 años.
Será un momento para recordar al joven que admiraba a los agentes que pasaban a caballo por Parada de Rubiales; al hombre que dejó el trabajo en el campo para perseguir su sueño; al guardia civil que recorrió distintas provincias y al profesional que regresó a Salamanca para cerrar su carrera cerca de su tierra.
Su historia demuestra que el uniforme puede dejarse atrás, pero los valores que representa permanecen. Y este 12 de octubre, bajo la celebración de la Virgen del Pilar, ese compromiso recibirá un reconocimiento especial.
Leonardo tiene algo mejor que cualquier condecoración: el legado que deja a su familia y a las generaciones que hoy siguen sus pasos.



