En los pequeños colegios rurales, compartir pupitre con niños de diferentes edades forma parte de la vida cotidiana. Mientras unos aprenden a leer, otros avanzan con operaciones matemáticas más complejas, pero todos comparten el mismo espacio y las mismas experiencias.
Las aulas multigrado, en las que conviven alumnos de distintos cursos de Educación Primaria, son una de las particularidades de la escuela rural. Un modelo educativo que, aunque supone un reto organizativo para los docentes, ofrece ventajas tanto académicas como personales para los más pequeños.
Así lo recuerdan quienes han vivido esta experiencia desde ambos lados de la enseñanza: una antigua alumna y una profesora del colegio rural Los Robles, situado en Ledrada, que conocen de primera mano cómo es aprender y enseñar en un aula compartida.
Una clase, varias edades y un mismo espacio
En grupos reducidos, cada alumno sigue su propio ritmo de aprendizaje, aunque todos permanezcan en la misma aula. Según recuerda la antigua alumna de Los Robles, las clases solían reunir aproximadamente a 15 estudiantes, repartidos entre dos cursos, con unos seis u ocho niños de cada nivel.
Una organización que, lejos de resultar extraña para quienes crecían en este entorno, terminaba convirtiéndose en algo completamente natural. “Para mí nunca fue extraño, al final era como lo había vivido siempre”, explica.
La clave estaba en la organización del profesorado. Mientras la docente explicaba los contenidos a uno de los cursos, el resto realizaba diferentes tareas. Después, llegaba el turno del siguiente grupo. Una dinámica que permitía atender las necesidades de cada edad sin perder de vista al conjunto de la clase.
La profesora del colegio Los Robles, que ha trabajado con este modelo, explica que organizaba las sesiones alternando las explicaciones y las actividades. Además, en algunas ocasiones, aprovechaba el reducido número de alumnos para desarrollar juegos y propuestas en las que participaba todo el grupo.
La ayuda entre mayores y pequeños, una de las señas de identidad
Uno de los aspectos más destacados de estas aulas es la convivencia entre niños de diferentes edades. Aunque cada curso trabaja contenidos adaptados a su nivel, existen momentos en los que compartir conocimientos resulta especialmente sencillo.
La antigua alumna recuerda que esta colaboración se daba sobre todo en asignaturas como Música o Educación Física, donde era más fácil mezclar a los estudiantes y realizar actividades conjuntas.
Desde el punto de vista docente, esta convivencia también tiene un importante valor educativo. Los alumnos más pequeños pueden adquirir conocimientos al escuchar las explicaciones dirigidas a los mayores, mientras que los de cursos superiores refuerzan lo aprendido al ayudar a sus compañeros.
“Los mayores repasan contenidos que les vienen muy bien para afianzar sus conocimientos y se sienten valiosos por poder ayudar a sus compañeros más pequeños”, señala la profesora de Los Robles.
De esta manera, el aprendizaje no depende exclusivamente de las explicaciones del docente, sino que también se construye a través de la convivencia y la colaboración entre iguales.
Autonomía, concentración y respeto de los turnos
Estudiar en una clase con diferentes edades también implica aprender a convivir con distintos ritmos de trabajo. Mientras un grupo recibe una explicación, los demás deben concentrarse en sus tareas, aunque a su alrededor haya movimiento o distracciones.
Para la antigua alumna, esta dinámica favorecía habilidades como la concentración y el respeto de los turnos de palabra y de trabajo. Una experiencia que les enseñaba desde pequeños a desenvolverse con mayor autonomía.
La profesora coincide en esta idea y destaca que los alumnos más pequeños adquieren independencia al acostumbrarse a trabajar mientras el docente atiende a otros cursos. Al mismo tiempo, escuchar contenidos de niveles superiores les permite familiarizarse con conocimientos que abordarán más adelante.
Un colegio pequeño donde los vínculos se hacen grandes
Más allá de los contenidos académicos, uno de los recuerdos más presentes en quienes han pasado por estas escuelas es la cercanía entre compañeros.
El reducido número de alumnos facilitaba crear relaciones estrechas, no solo con quienes compartían aula, sino también con el resto de estudiantes del colegio. Los recreos, las actividades comunes y las convivencias con otros centros rurales contribuían a fortalecer esos lazos.
“Al ser tan poquitos era muy fácil crear vínculos, tanto en clase como a la hora del recreo”, recuerda la antigua alumna, que también destaca las convivencias con otros colegios pequeños como una oportunidad para conocer a otros niños y establecer nuevas amistades.
Una sensación que comparte la profesora de Los Robles, quien considera que, al tratarse de grupos reducidos, los alumnos terminan estando más unidos y desarrollan una relación especial entre ellos.
En definitiva, las aulas multigrado representan una forma diferente de entender la educación. Un modelo en el que compartir espacio con niños de distintas edades no supone únicamente una cuestión organizativa, sino una oportunidad para desarrollar la autonomía, reforzar conocimientos, aprender a colaborar y construir relaciones personales.



