Este lunes, 24 de diciembre, fue Nochebuena. Las calles de Salamanca estuvieron repletas de gente durante todo el día, desde aquellos que por la mañana apuraban sus compras navideñas, ya fuese para adquirir regalos o algo que llevar al mantel, hasta aquellos que acudían a la primera de tantas comidas copiosas que les esperan durante estas fechas.
Por la tarde, más de los mismo: estaban los más rezagados y a los que por poco no les pilla el toro con los enseres navideños hasta los que, bien engalanados y con grandes bolsas, se dirigían a la cena familiar o de amigos que da inicio, de manera oficial, a la Navidad (aunque haya personas que desde inicios de diciembre o incluso noviembre hayan sido poseídas por el espíritu de Papá Noel).
Por la noche, tampoco fallaron a su cita los que salieron de fiesta como hacen cada año por estas fechas. Ya sea por una cena que se alarga o con los amigos que se juntan después de estar con sus parientes de sangre para estar con la familia que se elige, los bares de Salamanca se llenaron una vez más.
Sin embargo, en todos esos momentos, las calles no se encuentran vacías, ni física ni espiritualmente. Porque la gente viene y va, transita, pero ellos siguen ahí. Tanto en Navidad como durante el resto del año. Hablamos de las personas que menos tienen, los ‘sin techo’, quienes en estas fiestas no es que no tengan un gran plato que comer, sino que a veces no tienen nada que llevarse a la boca.
Diferentes causas y razones los han llevado a dicha situación, nunca elegida, eso está claro. Pero por el motivo que sea, les ha tocado vivir algo que no le desean a nadie. Así lo cuenta Manuel Ángel De la Fuente, más conocido como ‘Angelillo’, como le gusta que le llamen. Él vive, por decirlo de algún modo, en la calle Prior, en el portal de una óptica.
Tiene dos perros que son sus fieles compañeros y que nunca le abandonan, y de los que está orgulloso de cuidar. “Este viernes los desparasitaron, y el miércoles les pondrán las vacunas que les queden“, cuenta alegre mientras sujeta a la perra más pequeña. “El otro, Winston, está más educado y me hace más caso, pero los dos son muy buenos están para lo bueno y para lo malo”.
Con ellos pasará las fiestas, explica mientras empieza a quebrársele la voz. “Tengo familia, pero me han hecho mucho daño”, comienza a recordar para dar paso a su historia. No se habla con su padre (“para mí no existe”, afirma tajante), y sí lo hace con su madre, con la que estuvo viviendo durante más de 17 años. Sin embargo, hace un tiempo “cuando empezó a cobrar su paga, que es mínima, de la noche a la mañana se la llevaron y la metieron en una residencia”.
Una residencia que ni siquiera está en Salamanca, lamenta, sino que está no muy lejos de Plasencia, en las Casas del Monte. Se queja de que la persona a la que tanto quiere no pueda verla (aunque gracias a un periodista descubrió dónde estaba), y se consuela sabiendo que habla con ella todos los días por teléfono, o “siempre que puedo”.
La relación con sus hermanos, que los tiene, es inexistente, al igual que con su padre. “Han tirado a hacerme el mayor daño posible”, mientras que él nunca les ha hecho nada, asegurando que “en parte, gracias a mí son alguien en la vida, y ahora resulta que yo soy la oveja negra”.
‘Angelillo’ lleva varios meses en Prior, y no cree que el espíritu navideño invada a la gente, sino que a él lo han apoyado “siempre en todo momento, sea Navidad o no”, agradeciendo la humildad y generosidad de los salmantinos “en cualquier época del año”.
Él pide porque no le queda otra, y su deseo es que se celebre pronto el juicio que tiene pendiente. “La casera allanó mi morada y me dejó en la calle con lo puesto, sin más”, cuenta afligido. Quiere que se celebre el juicio cuanto antes “porque lo voy a ganar”. Con ello espera una indemnización con la que salir de ese portal de Prior “y poder coger una vivienda”. En la que vivía con su madre no quiere volver, “porque en 17 años no me han arreglado nada y vive mejor un chabolista que yo”.
“Quiero salir de la calle ya, quiero tener un techo ya, van para dos meses que estoy en el raso”, continúa recordando ‘Angelillo’, mientras concreta que no están siendo unas fechas tan frías, ya que él ha llegado a dormir a cuatro grados centígrados bajo cero. “Si he aguantado a cuatro grados bajo cero, puedo aguantar aquí bien”.
Antes de despedirse, ‘Angelillo’ quiere agradecer la inestimable ayuda de los trabajadores del Pans&Company enfrente del que duerme. “Me cargan mis baterías y me dan de vez en cuando algo”, cuenta emocionado, insistiendo en que “sin su ayuda no sería posible”.
Historias como las de ‘Angelillo’, por desgracia, rodean la realidad salmantina día a día, especialmente en el centro histórico de la ciudad. En la propia calle Prior, andando hacia la Plaza Mayor, nos podemos encontrar con Fran. A sus 51 años, toca la guitarra buscando una propina de los viandantes que le permita llevarse algo caliente a la boca.
Además, necesita comprar unas cuerdas nuevas para su instrumento, cuenta mientras guarda energías para cuando haya más tránsito por esa zona. Bebe un café caliente, también del Pans&Company, a la vez que comenta que no quiere trato con recursos como Cáritas o el Comedor de los Pobres, ya que ha sido maltratado cada vez que ha intentado acudir.
No tiene hogar para pasar las fiestas de Navidad, por lo que tratará de encontrar algún refugio para dormir estos días, y confía en poder “salir de esta” con el paso del tiempo.
Distinta es la situación de Antonio. Al menos él tiene techo donde dormir, aunque no tiene familia con la que pasar las fiestas, que las pasará “aquí, como siempre”. Ese ‘aquí’ se refiere a la iglesia de la calle Zamora, lugar donde suele pedir unas monedas que le permitan afrontar el día a día.
Contesta a todo con una sonrisa, la misma con la que agradece, de manera reiterada, a todas las personas que deciden ayudarlo. Y la misma sonrisa con la que cuenta apenado que está “solo” desde que su mujer falleciese hace unos años, pero que él sigue luchando.
Historias como la suya hacen ver que no todo en la Navidad es tan bonito o emotivo como creemos. Vidas llenas de dolor y sufrimiento que en estas fechas buscan la misma caridad que en otra época del año, porque para ellos da igual o no que sea Navidad. Para ellos es finales de diciembre, una de las épocas más duras del año, sobre todo cuando les toca ‘vivir’ en la calle.




