Decenas de municipios de Salamanca se llenan de vida durante el mes de agosto con motivo de sus fiestas patronales. Estas atraen por igual a vecinos y a salmantinos de otros rincones de la provincia deseosos de disfrutar de variadas actividades en el medio rural, del buen tiempo y del periodo estival. No obstante, hay ocasiones en los que la diversión da paso a la tragedia, como ocurrió hace cien años en Navarredonda de la Rinconada.
En 1923, la localidad de la Sierra de Francia quiso celebrar la festividad de Nuestra Señora de la Asunción por todo lo alto. “Los mozos, que a decir verdad, querían rivalizar con los de otros pueblos que toreaban vacas y novillos los días de las fiestas, acordaron celebrar una capea. Como víctima de la lidia fue elegido un toro, cuya historia de bravura y poder era conocida en algunas plazas, como las de Zamora y Medina del Campo. Era negro, de la ganadería del Sr. Pacheco, de Ciudad Rodrigo, y pesaba unas veinte arrobas”, relataba El Adelanto en el ejemplar publicado el 18 de agosto de hace cien años.
Los vecinos de Navarredonda de la Rinconada y de pueblos como Escurial o Tejeda, “ávidos de emoción”, buscaron asiento en las inmediaciones de la plaza para presenciar la capea sin correr riesgo dado “el pánico que había causado la leyenda de bravura del toro”. Uno de los lugares en los que se aglutinó un mayor número de personas (unas doscientas) fue el tejado de la iglesia parroquial del municipio. Nadie esperaba que a las seis de la tarde, dos horas después del comienzo del espectáculo taurino, la parte de la techumbre correspondiente a la sacristía, donde se habían colocado unos ochenta espectadores, se hundiese “en medio de gran estrépito, entre el chirriar de las maderas que se quebraban”.
A la sorpresa inicial le siguieron “los gritos de espanto y de terror de los que ocupaban el tejado” y una densa polvareda. Los vecinos que habían presenciado el suceso se lanzaron al interior de la iglesia para intentar salvar a aquellos que proferían gritos de auxilio y que se encontraban sepultados total o parcialmente por los escombros y las vigas. “El cuadro era verdaderamente espantoso y trágico”, describía el redactor Sr. Arribas en El Adelanto. Mientras tanto, el toro que había sido abandonado en la plaza cayó muerto tras recibir un tiro del lugareño Genaro Villafranca.
Solo un médico para unas sesenta víctimas

Los heridos, que rondaban la cifra de sesenta, fueron rescatados de debajo de los escombros gracias a “los ímprobos esfuerzos de las autoridades del pueblo". Sorprendentemente, la mayoría no presentaba más que magulladuras o contusiones. Solo cuatro mujeres sufrieron lesiones de gravedad: Pilar Pérez, vecina de Tamames de catorce años; Adelia de San Marcos, con conmoción cerebral; Soledad Martín, con fractura de la tibia izquierda; y Francisca Melchor, con fractura del fémur derecho.
El médico de Navarredonda de la Rinconada, Manuel Gómez, auxiliado por el practicante Domingo García y por parte del vecindario, trabajó “por atender a tanto dolor”. También se avisó a los doctores de Tamames y Escurial, pero ninguno de ellos pudo hacer nada por las dos personas que murieron a consecuencia del hundimiento del tejado de la iglesia: la anciana Eduvigis Moro, de setenta y siete años, y Ramón Martín, de veinticinco. Para añadir más dramatismo al ya trágico suceso, El Adelanto relata que la novia del joven fallecido, Generosa Martín, quedó atrapada debajo del del cadáver de su pareja, “completamente cubierta por los escombros”.
Edificio en mal estado
Nadie parecía presagiar que la celebración de la esperada capea durante la festividad de Nuestra Señora de la Asunción en Navarredonda de la Rinconada tuviera tal desenlace. Quizás, "el virtuoso párroco, don Cornelio Martín Conde, que al conocer los propósitos de sus feligreses de ocupar los tejados de la iglesia se opuso terminantemente a que nadie subiera", fuera el único que adivinó el horrible drama que estaba por llegar; "pero sus razones no fueron oídas y la gente invadió completamente el templo, hasta el campanario".
Al parecer, tal como recoge J. Arribas en su crónica para El Adelanto, la iglesia parroquial a la que se subieron cientos de espectadores desoyendo las palabras del párroco era "un antiguo edificio que, por su mal estado, amenazaba derruirse, y había sido mandado restaurar su tejado, cuya vigamen estaba completamente podrido y, por tanto, no podía soportar un peso tan enorme como al que fue sometido".




