Cada 1 de noviembre, miles de salmantinos acuden al cementerio de San Carlos Borromeo para recordar a sus difuntos.
Ahora bien, menos conocida es la historia de sus orígenes; el protagonista fue Rodríguez Vega, el comisario de Policía que supervisaba las obras del primer cementerio de Salamanca y que acabó convertido en víctima de una violenta agresión en plena Guerra de la Independencia.
Todo ocurrió la noche del 11 de enero de 1812. Rodríguez Vega recibió varias puñaladas en la calle. El hombre que lo acompañaba también fue atacado y quedó gravemente herido, hasta el punto de que se temió que no sobreviviera.
La agresión llegó a los medios nacionales de la época. La información publicada semanas después recogía que su acompañante, identificado como un cívico, probablemente moriría a consecuencia de las heridas. La noticia también daba cuenta de la reacción de las autoridades francesas: habían detenido a "una infinidad de gentes" para tratar de descubrir quién estaba detrás del ataque y esclarecer las circunstancias que rodeaban al suceso.
Sin embargo, las pesquisas no parecían avanzar. "Nada se ha traslucido", concluía la crónica. No se identificó a los responsables ni se publicó el posible móvil de la agresión. La identidad de quienes empuñaron el arma aquella noche quedó sin esclarecer en la información conocida.
El hombre que trabajaba para dar sepultura a los muertos
La historia adquiere una dimensión todavía más singular por la relación del comisario con el cementerio. En noviembre de 1811 habían comenzado las obras de un nuevo camposanto en la huerta de Villasandín, bajo la supervisión de Rodríguez Vega. El proyecto pretendía acabar con los enterramientos dentro de las iglesias, una práctica que llevaba siglos generando problemas de salubridad.
La acumulación de cadáveres y los olores derivados de su descomposición habían provocado preocupación entre las autoridades. En 1781, el obispo de Salamanca, Felipe Bertrán, ya había advertido al Consejo de Castilla de la hediondez que desprendían algunos templos. La monarquía llevaba años promoviendo la construcción de cementerios ventilados y alejados de las poblaciones para evitar los riesgos asociados a aquellos enterramientos.
El primer cementerio de Villasandín fue bendecido en mayo de 1812 aunque, bien es cierto, el recinto tuvo una trayectoria breve. Sin embargo, el lugar volvería a acoger el cementerio general de Salamanca en 1832, antecedente del actual San Carlos Borromeo.
Así, el nombre de un hombre apuñalado en una calle salmantina quedó ligado al origen de uno de los espacios más vinculados a la memoria de la ciudad. El comisario que supervisaba la construcción de un lugar destinado a los muertos habría terminado enterrado antes de contemplar su inauguración.



